martes, 28 de julio de 2015

A POR MI SEGUNDO IRONMAN. I LA PREVIA

Ya estamos otra vez aquí. Un año y un mes después, y a punto de salir para Holanda a disputar el que será mi segundo Ironman. Como esta vez ya estáis sobre aviso, todo podrá ser más breve. Y me limitaré a hacer una entrada pre-carrera y otra post-carrera. Así que de eso va esto, de contar historias, reflexiones y demás previamente a que me embarque en mi segundo Ironman.

La decisión

Cuando terminé el Ironman de Niza tenía firmemente decidido que sería el último que haría. Never again. No me vuelven a pillar a mí por aquí ni harto de vino. A la mañana siguiente las cosas ya se veían con más perspectiva. A lo mejor en unos años, con más tranquilidad… Al volver a Elche ya empecé a pensar en esta carrera, quizá la otra. Al final, opté por el IM de Copenhague, en agosto, porque esta vez me apetecía ir con la familia y pasar unos días después de vacaciones. Pero cuando fui a inscribirme, en octubre, ya estaban agotadas las inscripciones –abiertas dos semanas antes-. Las opciones eran menores y me inscribí en Zurich, el 19 de julio. Estábamos en octubre.



Sin embargo, en diciembre abrieron un Ironman nuevo, en Maastricht, el 2 de agosto. Me venía mejor la fecha, ya que después podía coger vacaciones con más tranquilidad que en Zurich, y trasladé la inscripción a esta prueba. Así que quedó definitivamente cerrado, hace apenas tres meses, que el objetivo sería Maastricht el 2 de agosto. Un Ironman en el que se nada en el río Mosa, luego el circuito de bici discurre parcialmente por el recorrido de la Amstel Gold Race, mayormente plano pero con dos subidas a Cauberg Hill, cortas pero con desniveles del 12 y el 13%, y finalmente una carrera a pie de tres vueltas por Maastricht, llena de repechos. Después pasaremos unos días por la zona, que está al lado de todo: Bruselas, Brujas, Amsterdam… ¡Incluso de Bastogne! a donde pienso ir sí o sí (vease Hermanos de Sangre para entenderlo).

El entrenamiento

Empecé en septiembre la preparación, con tiempo por delante y centrándome al principio más en la carrera a pie, que fue donde peor lo pasé en Niza. Corrí la media de Santa Pola primero, y de Elche después, haciendo mi mejor tiempo hasta hoy, en diez años corriendo medias maratones. A final de marzo hice el primer triatlón de la temporada, el de distancia olímpica de Elche, disputado en Arenales. Aceptablemente en el agua, bien en la carrera, pero mal en la bici. Un mes después fui a Jumilla, a un Half, y tres cuartos de lo mismo. Aunque rebajé más de media hora mi tiempo en el Arenales 113 del año pasado, no pude acabar contento. Pasable, tirando a flojo en el agua, mejor en la carrera a pie, pero desastroso en la bici. Lo cierto es que este año, hasta esa fecha –final de abril- había hecho menos bici, y sobre todo menos salidas largas, que el año pasado. Al no haber tantos compañeros del club preparando Ironman este año, he tenido muchos más entrenamientos solitarios. De los más duros de este año, sin duda, la media maratón de Almansa en transición, con 130 kilómetros de bici a un ritmo muy duro para mí, que luego pagué en una carrera con mi peor tiempo de siempre en media (curioso, en cuatro años he batido mi mejor y mi peor marca en media maratón). También una tirada larga a Aguilas en bici, 152 kilómetros a final de junio más 10 de carrera al llegar, con mucho calor.



En conjunto, he entrenado menos que el año pasado. 260 días de entrenamiento este año frente a 273 el pasado. 295 sesiones de entrenamiento frente a 321. 130 kilómetros de natación frente a 180. 3200 kilómetros de bici frente a 4600. Y 1100 de carrera a pie, frente a 1050 el año pasado. En conjunto, menos horas, menos entrenamientos, menos distancia. También debo decir, en mi descargo, que pasé un par de meses un tanto complicados a nivel personal con una mudanza y muchas horas perdidas para entrenar en el proceso.

A pesar de lo cual, y lógicamente, me encuentro este año mejor que el pasado en conjunto. Ya que ese entrenamiento ha sido sobre la base del que hice el año pasado, en el que en bici y en natación empezaba de cero. Y, paradójicamente, a pesar de entrenar menos, me siento psicológicamente más cansado que el año pasado. Llego muy agotado, y con muchas ganas de correr. El domingo veremos.

El Ironman

Antes de despedirme querría hacer unas reflexiones acerca de lo que significa para mí enfrentarme a esta prueba. La gente con la que hablo sobre esto –y que no está también metida en el triatlón-, se divide en dos grupos: los que me dicen eres gilipollas, cómo se te ocurre hacer eso, te vas a matar; y los que no lo dicen, pero lo piensan. Creo que es casi unánime, fuera de la gente que se dedica a esto –y entre la que hay muchos, también, que te miran por encima del hombro cuando confiesas tus miserables tiempos, que dan apenas para pasar los cortes-, pocos entienden el por qué de esta opción. Intentaré explicarlo. A lo mejor, mientras lo hago, también acabo entendiéndolo  yo.



Un día de esos de entrenamiento largo en solitario, empecé a pensar que hacer un Ironman me ha cambiado la vida. Es decir, me ha modificado el carácter. Luego lo he consultado con gente cercana, y me ha dicho que sí, que piensa que es cierto, que he cambiado un poco. Creo que ahora veo las cosas de otra forma. Me he vuelto, tal vez, un poco más paciente, más tranquilo. Siento que soy capaz de relativizar determinadas cuestiones que antes no podía, que me enfrento a cualquier situación de una manera diferente. Tal vez no sea así, y sea sólo una percepción mía, distorsionada por mi subjetividad. O tal vez sea cierto, y sí que me ha modificado el carácter. No lo sé. Estar después de cuatro horas, cuando el sillín empieza a doler en el culo, pensando, aún quedan otras once horas de sufrimiento por delante… tiene que afectarte en algo, me parece.

Pero quiero creer que enfrentarme a este reto, y superarlo –pase lo que pase este año, en Niza ya demostré que era capaz de terminar, a pesar de todo-, me ha dado un punto de vista distinto sobre ciertos procesos vitales. Toma de decisiones, reacción frente a dificultades, pragmatismo a la hora de valorar opciones… En cualquier caso, así lo siento yo.

Cada uno se enfrenta a sus demonios interiores a su manera. Hay quien consigue dominarlos trabajando catorce horas al día. Hay quien lo hace a través de hobbies absorbentes, en los que encuentra la felicidad que no le da otros aspectos de su vida. Hay quien se refugia en el alcohol, o en la droga, para no enfrentarse a ellos. Quiero pensar que yo he encontrado la forma de tenerlos controlados mediante la extenuación física, mediante el sometimiento del propio cuerpo a un nivel de exigencia fuera de lo corriente. A mí sí me ha servido personalmente.


En cualquier caso, y como me dijo mi amigo Kiko un día, si alguien te pregunta por qué haces Ironman dile: “Es una forma de vida. A eso no podrán responderte y se acabará ahí la cosa”. Así que, así lo hago. Es una forma de vida.

viernes, 6 de marzo de 2015

Sobre la propuesta de micro aportaciones al Elche CF

Al hilo de la propuesta formulada por el ex consejero del Elche, Francisco Borja, para solucionar los problemas financieros del Elche, a través de pequeñas aportaciones realizadas por una multitud de nuevos accionistas, no he podido dejar de plantearme si sería o no viable. Y he recordado un caso que podría asimilarse a esta posibilidad, y del que tal vez podríamos extraer consecuencias que ayudaran a hacer viable la propuesta. El de los Green Bay Packers, equipo de fútbol americano.

En la NFL (la liga de fútbol profesional americano los equipos son propiedades privadas, en manos de multimillonarios. Los clubes deportivos son franquicias en ligas cerradas, en las que se participa poseyendo una de las licencias que cada una de la liga concede. Hay, sin embargo, una excepción en este sistema: los Green Bay Packers. Con sus 104.000 habitantes, la ciudad de Green Bay, en el estado de Wisconsin, es la ciudad más pequeña de Estados Unidos de entre todas las que tienen un equipo en las ligas profesionales. Incluso, sumando toda su área metropolitana, apenas alcanza los 200.000 habitantes. Menos que el municipio de Elche. Aun así, su estadio lleva colgando el “no hay billetes” en sus taquilla desde hace cuarenta años. Y la lista de espera para conseguir un abono está, actualmente, en veinte años.

A pesar de contar con éste hándicap, los Packers no son un equipo pequeño. Al contrario, son el equipo con más títulos de la historia del fútbol americano. En su palmarés lucen nueve ligas y cuatro Super Bowl, incluyendo las dos primeras que se disputaron bajo esa denominación, en 1966 y 1967. Pero, más allá de los éxitos deportivos, si hay algo que define a los Packers es que se trata del único equipo profesional del país cuya propiedad recae exclusivamente en los habitantes de su propia ciudad.

Fundada en 1919, es una empresa sin ánimo de lucro cuyas 5 millones de acciones son poseídas por más de 360.000 dueños. Hasta la última ampliación, estos eran en su gran mayoría, habitantes de la ciudad, aunque en la última ampliación de capital han accedido muchos no residentes, atraídos por motivos sentimentales. El reparto se asegura limitando la posibilidad de poseer acciones a un máximo de 200.000 títulos por accionista. Todos estos accionistas designan a un comité ejecutivo de siete personas, que no perciben un sueldo por su función. Los accionistas, en realidad, no toman decisiones en el funcionamiento diario del club, pero sí pueden someter a escrutinio la gestión del Comité, controlando sus cuentas. Ya que, en consonancia con esta peculiaridad, los Packers son la única franquicia americana que está obligada a hacer públicos sus libros contables.

De todas formas, los accionistas, que no reparten dividendos (todos los beneficios se reinvierten en el club), tienen claro que la denominación de acciones de sus títulos es más formal que real. Es decir, más que una inversión, la compra de participaciones es una aportación. Aportación que, por otro lado, ni siquiera asegura un abono, ya que el accionista no tiene preferencia sobre el no accionista a estos efectos.

En la última emisión de acciones, a pesar de todo esto, no hubo problemas para vender todos los títulos. Fue la quinta de la historia de la entidad, lanzada en el año 2011 y concluida en febrero de 2012. Las acciones costaban 250 dólares y, de nuevo, la ampliación de capital fue un éxito. Existió una demanda más que suficiente para cubrir la oferta. Se vendieron en total casi 269.000 acciones. Al final del proceso, existían 250.000 nuevos accionistas, de manera que hoy son 360.584 los propietarios del club, que se reparten un total de 5.044.557 acciones. Ya no son exclusivamente los ciudadanos de Green Bay, sino que se ha aprovechado el tirón romántico de ese sistema de propiedad y se han recibido peticiones de todo el mundo. Lo que ha desvirtuado en parte su condición de equipo propiedad de la ciudad pero, como contrapartida, ha reforzado su estatus de caso especial y ha asegurado su viabilidad económica. Con los ingresos de la última ampliación de capital se financiaron, por ejemplo, las obras de ampliación del Lambeau Field, su estadio, por más de 60 millones de dólares.

El régimen de propiedad de los Packers constituye una sorprendente excepción en el mundo del deporte profesional americano. No tiene un dueño, tiene 360.000 dueños. Una gigantesca empresa que celebra sus Asambleas anuales en el propio estadio. Y en el que, indudablemente, los aficionados toman parte por motivos sentimentales y no económicos o incluso medianamente racionales. Nadie espera obtener, de una inversión que como mínimo es de 250 dólares (unos 220 euros), otra cosa que la satisfacción personal de ser propietario de un equipo de football. De participar de ese proceso romántico de ser dueño de un equipo diferente al resto.

Hasta donde yo conozco, ésta es la única experiencia de copropiedad plena de clubes deportivos al máximo nivel competitivo, en un deporte mayoritario, que conozco. Se han producido experiencias similares en clubes de menor nivel, equipos de fútbol de ligas menores. Tal vez la experiencia que más cercana nos resulte la del Real Oviedo, que inició una campaña similar, que tuvo mucha repercusión mediática. Como resultado, ahora el 40% del capital social está en manos de pequeños accionistas. Pero era un equipo de Segunda B cuando se acometió, y el importe desembolsado por estos pequeños accionistas fue de dos millones de euros. Nada que ver con los Packers. Ni tampoco con lo que ahora demanda el Elche.

Ahora bien, ¿sería este modelo trasplantable, o asimilable, al Elche CF de alguna manera? Esa ya es una cuestión mucho más difícil de determinar. La estructura jurídica de la entidad sería similar al que ya se aplica a la SAD actual: accionistas propietarios de una entidad deportiva. Pero la filosofía, el espíritu, debería ser completamente diferente. ¿Sería posible generar ese compromiso ciudad/equipo? ¿Ese valor añadido sentimental que haga primar el orgullo de ser propietario de tu equipo al riesgo del desembolso económico? A priori, es necesario reconocer que existen varias diferencias que alejan un modelo del otro.

· Este sistema se encuentra en el origen mismo de la sociedad deportiva en el caso de los Packers. Nació, hace ya casi 100 años, como una empresa propietaria de un equipo. Por lo que partía de cero. Todo lo que se hiciera, bien o mal, en la gestión del equipo, era resultado de sus decisiones. Eso no sucede en el caso del Elche, en el que se trataría de un proyecto que nacería lastrado por unas deudas de ¿40? millones de euros, fruto de una gestión que, con este resultado, es imposible no calificar de desastrosa.

· La inversión (más bien la aportación a fondo perdido, como una cuota de ingreso) en el caso del deporte americano asegura que siempre se corresponderá con la propiedad de un equipo que compite al máximo nivel deportivo. Algo que no se puede asegurar en el caso del Elche CF, que podría descender en cualquier momento, devaluando el valor de la sociedad.

· Desde el inicio, el ciudadano de Green Bay asumió que, sin ese desembolso, si ellos mismos no se decidían a formar esa sociedad, la ciudad no tendría a un equipo de football que compitiera en la liga que se iba a crear. Es decir, decidió tener un equipo y adoptó las medidas necesarias para conseguirlo. Eso es algo que en Elche no se produce, puesto que ya tenemos equipo. Siempre lo hemos tenido. Y ha sido así sin tener que hacer, colectivamente, la inversión necesaria para tenerlo. Hemos disfrutado, y seguimos disfrutando, de fútbol al máximo nivel sin tener que correr, realmente, con el gravamen de mantenerlo. No porque no haya existido, sino porque, hasta este momento, otros han corrido con esos perjuicios. Empresarios que un día decidieron asumir el destino del club, y que aportaron patrimonios personales, y dedicaron tiempo a que así fuera. No nos engañemos. El 99% de los aficionados del Elche no hemos soportado grandes inversiones para que el Elche CF siga vivo. Pero no porque no se hayan tenido que hacer, sino porque han sido otros los que han corrido con la cuenta de los gastos. Y nos hemos acostumbrado a ello. Tanto que, incluso, nos permitimos el lujo de pedir a todos y cada uno de los que han ostentado responsabilidad en el club, ahora, hace un año, hace cinco o hace veinticinco años, que, en momentos de dificultad, económica o deportiva, aporten más dinero de su bolsillo para que el club siga vivo. Como si la solución a las crisis periódicas fuera que otros nos pagaran el fútbol de los domingos. Tanto que, incluso, cuando alguien que ha personalizado esta aportación a fondo perdido en el club en su máxima expresión, pide que el esfuerzo se reparta entre todos, nos permitimos el lujo de criticarlo, de acusarlo, e incluso de hacer burla de la propuesta.

Como resultado de todo ello, mi percepción personal es que nos encontramos con dos inconvenientes que, en este momento, parecerían insalvables para que esta fórmula, o alguna que se le asemejara, fuera viable:

1) La desconfianza. A corto plazo, en este Consejo. A largo plazo, tal vez en cualquier Consejo, viendo el resultado económico que han dado todos y cada uno de los Consejos que, desde que se creó la SAD, han existido. ¿Quién va a querer meter dinero en el club si lo siguen gestionando quienes dijeron que preveían ganar 8 millones de euros en un año, y al final no sólo no los ganaron, sino que perdieron otros 8? ¿Quién va a entregar su dinero a aquellos que señalados incluso por la patronal de la Liga como autores de diferentes irregularidades? ¿Quién, en resumen, va a aceptar invertir en una empresa llevada a la quiebra por sus gestores, mientras estos gestores continúen? Absolutamente nadie. Hoy en día, creo que podemos asegurar con total certeza que una aportación económica de apoyo a la actual dirección del club es de todo punto imposible.

2) En segundo lugar, el propio problema económico, aportar un dinero del que, más en esta situación económica de crisis que padecemos, es evidente que no todo el mundo dispone. No se trata sólo de que la aportación, diluida en más o menos meses para ser devuelta, sea de mayor o menor importe. Se trata de reconocer que, en un momento en el que muchas familias se han visto forzadas a privarse de muchos más gastos de los que hubieran pensado alguna vez, el propio concepto de efectuar un desembolso para algo tan etéreo como financiar un equipo de fútbol (ni siquiera sacar el abono para ir a ver los partidos, que es algo más tangible), más allá de que sea por mayor o menor importe, parece algo difícilmente asumible desde un punto de vista moral.

Así las cosas, ¿habría alguna forma de salvar esos dos escollos? ¿O la situación es irreversible y ésta será una vía muerta? Cualquier posible viabilidad de una figura de este tipo debería partir de una serie de puntos de partida, en mi opinión:

1. Recuperar la confianza en los gestores. Es imprescindible que se vuelva a generar confianza en el potencial aficionado para que tan siquiera sea capaz de plantearse participar en el proceso que se abriera. Es un presupuesto ineludible. Y esta recuperación sólo podría partir, a mi juicio, de la dimisión del actual Consejo de Administración y el nombramiento de una gestora que fuera la que dirigiera el proceso a abrir a continuación. Veo imposible que, sin credibilidad en quien deba hacerse responsable del proceso, alguien pueda confiar en él. Y la credibilidad de los actuales dirigentes es inexistente. Por eso, el primer paso sólo podría ser la sustitución de estos representantes, nombrando a un grupo de personas que cuenten entre la masa social blanquiverde del suficiente prestigio como para que se pueda confiar en ellos para este proceso, que debe concluir con la reestructuración del club. Gente nueva, fresca, sin ataduras con procesos anteriores. Con capacidad de gestionar el proceso de transición del club. No podemos ser tan ingenuos como para desconocer que la desaparición de la cabeza visible de la entidad sería un salto hacia el abismo, antes de saber si tenemos paracaídas. Pero, ¿no estamos ya dos pasos más allá del borde del precipicio? ¿No hemos rebasado ya, hace tiempo, la última barrera de seguridad que evitaba que nos despeñáramos? Tal vez esta medida sólo acelerara un proceso que ya es inevitable, no puede desconocerse el riesgo. Pero, si queremos conseguir grandes cambios, debemos empezar por cambiar, desde el principio, lo más grande. Para, a continuación, seguir de arriba abajo, y no al revés. A continuación, auditar las cuentas del club antes de iniciar un proceso de regeneración. Exponer de verdad hasta dónde llega la enfermedad. Sin conocer qué órganos están afectados y qué funciones están impedidas es imposible aplicar medidas que permitan curarnos. No es posible esperar que nadie recupere la confianza en la entidad si no existe un conocimiento pleno de la situación en que se encuentra realmente, y eso sólo puede conseguirse publicando su información y haciéndola accesible a todo el mundo. Nadie se arriesgará a invertir en la curación del enfermo si antes no sabe qué le pasa. Y, con ello, diseñar un plan para reestructurar la Sociedad íntegramente, y cambiar su sistema de funcionamiento.

2. Movilizar el sentimiento. Nadie va a arriesgar un solo euro de su patrimonio, tenga muchos o tenga pocos, en un equipo de fútbol pensando en un hipotético beneficio futuro. Si esta operación tiene alguna vez éxito, éste sólo podrá venir guiado por la recuperación del sentimiento de ser únicos. De ser únicos hoy como ya lo fuimos antes. Creo que esa es la única llave hacia la viabilidad de un proyecto de esta envergadura. El orgullo. El orgullo de estar protagonizando un proceso de popularización de una sociedad deportiva de alto nivel que no tiene comparación en el mundo del deporte profesional en Europa. El orgullo de saber que somos diferentes. El orgullo de conseguir aquello en lo que todos los demás han fracasado. ¿Cuántas SAD surgieron con la voluntad de que fueran los pequeños accionistas los que tomaran el control de la Sociedad? Prácticamente todas han apelado a ese sentimiento. ¿Cuántas lo han conseguido? Ninguna. El orgullo de ver que mientras en nuestro alrededor las aficiones ni están ni se las espera mientras el club se muere (Alicante), o sólo reaccionan cuando ya es tarde (Murcia), nosotros, los aficionados, pudiéramos ser capaces de salvar al club. El orgullo de ser, de verdad, propietario de tu equipo, y no un accionista perdido, un número en una asamblea general. El orgullo, en definitiva, de ser el primer club de fútbol del mundo controlado de verdad por sus aficionados. A todos se nos llena la boca hablando de la Cooperativa, o de la Asamblea del Gran Teatro pero, ¿qué papel real tuvo la afición en esos dos procesos de los que tanto nos gusta presumir? En el primero de ellos, ninguno. Fueron los propios futbolistas y los directivos de la entidad los que idearon la fórmula y los que arriesgaron su trabajo para salvar al club. La afición miró desde fuera. Y en el segundo, la afición sí catalizó el proceso, asistió masivamente a la Asamblea, aclamó a sus líderes… Pero fue una persona concreta, encabezando el proceso, apoyado por un grupo reducido de acompañantes, los que corrieron con la factura. De nuevo, el aficionado de a pie no sufrió el gasto. Buscó a alguien que lo hiciera, y tuvo la fortuna de encontrarlo. Creo que ya está bien de mirar siempre hacia otro lado cuando las cosas vienen mal dadas. De buscar al político de turno. Al empresario de turno. De buscar que sea otro el que ponga el dinero y la cara para que se la partan (y a fe que les hemos partido una cosa y la otra a todos los que por aquí se han asomado). Es hora de asumir que, o apechugamos de verdad, y demostramos eso de lo que tanto presumimos, o nos quedamos sin Elche CF. Hasta ahora nos hemos limitado a mirar, a pagar el abono, a aplaudir o a silbar. Ya ha llegado el momento de que hagamos algo más. Y se tiene que acabar el rencor. El razonamiento de yo no pongo mi dinero para salvar la debacle que han creado otros. Porque ese razonamiento resulta tan discutible como suicida. Yo no lo pongo. Tampoco va a venir nadie a ponerlo. Y el que lo ha perdido creo que es más que evidente que tampoco lo va a hacer. Entonces, ¿qué nos queda? La desaparición. Si no enfocamos el problema desde un punto de vista de búsqueda honesta de una solución viable, el problema no tiene solución. Y, por mucha razón que podamos tener, nos quedaremos con la razón y sin equipo. Ahora bien, el que quiera seguir escondiéndose en ello, que asuma las consecuencias después.

3. Diseñar un plan de actuación. Sinceramente, creo que establecer una hoja de ruta, si de verdad se consigue la movilización social necesaria que respalde esta opción, no debería ser lo más complicado. Aunque no hay que olvidar que dificultad habrá, y mucha, para que se pueda llevar adelante un proceso más de sentido común que de ingeniería empresarial pura y dura. Cronológicamente, y como ya se ha adelantado, entiendo que habría que:

a. Pactar con el actual Consejo un traspaso de poderes hacia un Comité Gestor que tenga el pleno respaldo de la masa social del club. La colaboración del Consejo es obligatoria. Sin ella, no hay viabilidad alguna.

b. Nombrar a este Comité Gestor que, en primer lugar, mantenga, al menos, al enfermo con respiración asistida hasta que le pueda operar. Y, posteriormente, diseñe la operación necesaria para recapitalizar al club y la gestione hasta culminarla.

c. Establecer un proceso de ampliación de capital que, por un lado, determine el valor actual de las participaciones de la SAD, adaptándolas a su valor real, teniendo en cuenta la deuda; y, por otro, determine el capital social mínimo que habrá de cubrirse para garantizar la viabilidad del club. De forma que la composición accionarial actual, ya que está claro que no va a ser la solución, no sea tampoco un obstáculo a que se alcance una fórmula de viabilidad.

d. Presentar eficazmente ese plan a la masa social con el fin de lograr el apoyo social imprescindible para llevarlo a cabo. Explicar que la SAD dejará de ser una propiedad en manos difusas (para ello, la configuración actual de la Fundación debe ser anulada; es un órgano perfectamente válido como Senado del club, pero nunca debió ser utilizado para pantalla ni como escondite de acciones para manejar a distancia la SAD). Y que pasará a ser algo de verdad propiedad de todos. Y diseñar un sistema de aportaciones económicas para la suscripción de participaciones que, en los términos que ha expuesto Francisco Borja, o en los que se compruebe que son los más favorables, con la colaboración de entidades financieras. Y sin descartar la posibilidad de que las aportaciones permitan futuros beneficios en la adquisición del abono (rebajas proporcionales a lo abonado anualmente, anulación de jornadas económicas…), como forma de hacerlo más digerible.

e. Convertir a la SAD en una sociedad, de facto, sin ánimo de lucro, cuyos hipotéticos beneficios siempre reviertan en la propia Sociedad. Crear un sistema de funcionamiento abierto, público, con limitación temporal de representaciones electivas; pero con una estructura interna laboral fija y con atribuciones, responsabilidades y retribuciones claras.

f. En resumen, convertir la futura SAD en una figura completamente distinta a la que es ahora. En la que cualquier aficionado se pueda ver reflejado, en la que pueda confiar, y en la que entienda cómo funciona su gestión.

Obviamente, estas líneas no son más que el fruto de una reflexión más o menos apresurada, que sólo intenta constituir un acercamiento a un problema complejo, que me afecta personalmente como creo que afecta a cualquier aficionado blanquiverde que así se sienta de verdad. Que no quiere que cualquier posibilidad de salvación, por pequeña que sea, por difícil que parezca, caiga en saco roto y no sea, por lo menos explorada e intentada. Se pretende ser un punto de partida, abierto a todas las aportaciones, sugerencias, críticas o comentarios que vayan encaminados a aportar. Todos serán bienvenidos.

miércoles, 16 de julio de 2014

CRONICA DE UN DESVARIO. AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN TRIATLETA GLOBERO.

(IV) EL ENTRENAMIENTO

En buena lógica, esta entrada debería haber ido situada en tercer lugar, antes de la crónica de la carrera. Pero la semana previa se me echó el tiempo encima y no me dio tiempo a escribirla en condiciones. Así que vaya ahora como cierre de estas cuatro entradas dedicadas a la experiencia del Ironman, en lugar de ir como previa a la carrera. Sirva tanto como resumen y recordatorio destinado a mí mismo –para que no se me olvide nunca- como una muestra a la que pueda acceder cualquiera que pueda estar pensando en preparar algo semejante. Espero que le sea de  utilidad aunque, ojo, esto es lo que he necesitado yo, probablemente habrá quien haya entrenado más y, supongo, también habrá quien haya entrenado menos. Pero, con lo que ahora resumo, yo tenido suficiente para acabar la prueba razonablemente entero.

Para preparar la carrera, y desde que el 29 de julio de 2013 –justo 11 meses antes del Ironman-  me lancé por primera vez a la piscina –literal y metafóricamente-, he entrenado más o menos una media de seis días a la semana, con 8-9 sesiones de entrenamiento a la semana. Es decir, doblando siempre algún día de la semana. Ha habido semanas que no he descansado ningún día, y otras que he descansado dos –enfermedades o lesiones aparte, que tampoco he tenido casi-.

Los entrenamientos no han tenido una duración homogénea ya que, desde los 30 minutos de las sesiones de gimnasio hasta las 11 horas de la tirada más larga, ha habido de todo. Pero sí se podría establecer que, más o menos, la duración estándar de cada uno era de una hora.

Los primeros cinco meses seguí un plan más o menos genérico, destinado en la bicicleta a poco más que acostumbrar mi cuerpo a la postura y el nuevo tipo de esfuerzo, así como a ir cogiendo algo de técnica en la natación. A partir de ahí, sí que seguí un plan más específico, que me preparó Quique, y que he cumplido, si no a rajatabla –esto es bastante complicado-, sí en un porcentaje cercano al 90%. Seguro que podría haber entrenado más, o mejor. Pero, echando la vista atrás, compruebo que he entrenado mucho.

En números gruesos, he entrenado 273 días, 321 sesiones, cerca de 425 horas en total. De ellas, 110 han sido nadando, 209 en la bici, y 104 para la carrera. En distancia, han sido 180 km de natación –más o menos, como si nadara desde el cabo de Santa Pola hasta Ibiza-. 4615 km de bici –la distancia por carretera entre Nueva York y Los Angeles, aproximadamente- Y 1052 km de carrera –casi, casi, como si hubiera ido de Elche a Niza corriendo-.

Recuerdo muchos momentos buenos, y también otros tantos malos. Entre los recuerdos más fuertes que tengo, cronológicamente, me aparece el del primer día que cogí la bici, el 14 de agosto del año pasado. Fui por la Vía Parque y conseguí llegar a subida que hay en la rotonda después de IFA a malas penas. La vuelta se me hizo dura. Apenas recorrí 25 kilómetros.


Las primeras salidas al mar son recuerdos muy agradables, he descubierto con el entrenamiento que me gusta nadar en el mar –tanto como me desagrada nadar en la piscina-. Si el agua está limpia, es impresionante la sensación. También recuerdo la primera tirada larga de bici que hice, a Abanilla volviendo por los Hondones, 120 kilómetros en los que acabé con buenas sensaciones.

También una salida a Pinoso, el primer fin de semana de noviembre, que creo que fue el día más frio de toda la temporada. Cuando llegamos allí un termómetro marcaba 3 grados. El bocadillo de magra con tomate y tortilla de patatas todavía lo recuerdo.

Las primeras transiciones que hice me fueron razonablemente bien. Una, aprovechando el 10K del Gran Alacant, donde corrí a gusto. Otra, en la media de Elche, en la que corrí creo que con las mejores sensaciones de todo el año, haciendo 1:45.

En la parte dura he tenido varios momentos en los que he tenido muchas dudas. El peor de todos fue cuando hice el Arenales 113. No me encontré bien en ningún momento de la carrera, y las sensaciones cuando me bajé de la bici fueron horribles. Me llegué a plantear retrasar un año el Ironman, estaba realmente bajo de moral después de aquel día.

Una semana antes también pasé un mal momento el día que hicimos la salida más larga y dura del año en bicicleta, subiendo Tudóns y acumulando 4000 metros de desnivel. Tardé once horas –contando dos paradas a comer algo- y llegué realmente muy cansado.


Después, también fue difícil el día de la primera transición larga sufrí, cuando tuve que hacer la carrera a pie. Me quedé vacío cuando llevaba 16 kilómetros de carrera, tras haber hecho 120 de bici. Llegué tan cansado a casa que estuve un par de horas tumbado, prácticamente sin poder moverme.

Ahora me doy cuenta de que esas malas experiencias, especialmente el Arenales 113, me han ayudado mucho a centrarme en la carrera, a ponerme los pies en el suelo, y me han enseñado a dosificar esfuerzos y a recordar que siempre, siempre, queda lo más duro al final.

Incluso de las averías he aprendido. Ya que he aprendido a cambiar cámaras pinchadas en un momento. Y, sobre todo, la rotura del radio que tuve el día que subíamos el Canalí me ayudó muchísimo a que, cuando en el Ironman me pasó lo mismo, supiera qué tenía que hacer, cómo solucionarlo y poder seguir en carrera. Quién me iba a decir aquel día que romper un radio era lo mejor que me podía pasar.


En resumen, esto ha sido todo. El camino ha sido largo y duro aunque, si os soy sincero, no más de lo que imaginaba. Y, aunque a ratos sí lo he pasado verdaderamente mal, lo cierto es que no me arrepiento lo más mínimo de todo lo que he pasado. La recompensa, sin duda, mereció mucho la  pena. 

miércoles, 2 de julio de 2014

CRONICA DE UN DESVARIO. AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN TRIATLETA GLOBERO.

(III) EL IRONMAN

Cuando en el kilómetro 151 del recorrido de bici la rueda de atrás me patinó en una curva hacia la derecha, en medio de una larguísima bajada, y me fui al suelo, llevaba ya 75 kilómetros pensando que no podía haber tenido peor suerte. En las décimas de segundo en las que mi cuerpo se arrastraba 20 metros por el asfalto y veía la bicicleta estamparse contra un muro, creí que me equivocaba, que todavía podía tener peor suerte. Sin embargo, cuando comprobé que la bici seguía funcionando y que yo no tenía otra cosa que heridas superficiales, sangre y rasguños, pero que podría continuar, me di cuenta de que me había equivocado. No tenía mala suerte aquel día. Tenía una suerte buenísima.

En el kilómetro 75, después de acabar la subida al Col de l’Ecre, rompí un radio de la rueda trasera. Me costó mucho trabajo sacarlo, porque se había enredado en la cadena. La cadena no se rompió y la rueda seguía girando. Pocos kilómetros después, la rueda trasera volvió a hacer ruido. Paré, temiéndome la rotura de otro radio. No vi ningún radio roto. Después de otras dos paradas, vi que la zapata trasera del freno se había soltado del tornillo, colgaba contra la llanta y se había deformado un poco. Con las llaves allen conseguí apañarlo y seguir rodado, aunque la bici ya no frenaba bien.

Por aquel entonces ya hacía rato que había comenzado a llover. Por momentos, diluviaba, cortinas de agua que dificultaban incluso ver bien la carretera. Las averías en la bicicleta me aconsejaban no arriesgar bajando, porque la rueda trasera se movía mucho y no me fiaba del freno. Y casi todo lo que quedaba de ahí en adelante era bajada. En esas estaba, lamentando mis desgracias, cuando me fui al suelo.

Ahí me di cuenta. A pesar de haber roto un radio, a pesar de haber dañado el freno trasero, a pesar de haber descendido más de 70 kilómetros lloviendo a cántaros, tiritando de frío, a pesar de haber caído… todavía seguía en carrera La bicicleta respondía a los pedales, mi cuerpo no tenía nada roto. ¿Es o no es tener una suerte buenísima conseguir terminar la carrera después de todo eso? Así que pensé que nada me impediría llegar hasta la salida del maratón y que, ahí ya, terminaría la carrera dentro del límite de tiempo.

El día empezó a las 4.30 de la mañana. Me desperté poco motivado. Tragué a duras penas cuatro galletas Granola y nos encaminamos todo el grupo a la salida. La bicicleta la habíamos dejado el día anterior en boxes, junto con dos bolsas para las transiciones, que cogeríamos posteriormente y que incluían todo lo necesario para cada momento.

La salida del agua es un momento muy emocionante. Es cierto que la playa de piedras molesta, que hay que estar media hora antes de pie, sobre las piedras, hasta que se da la salida. Pero todo se olvida cuando te lanzas al agua. Había decidido abrirme lo máximo posible en la salida, para evitar golpes al entrar al agua. Esto obliga a recorrer más metros en la primera vuelta, pero se gana en tranquilidad, ya que se producen más aglomeraciones cuanto más cerca te ubicas de las boyas que delimitan el recorrido. Además, mi tiempo previsto me aconsejaba situarme precisamente ahí, lo más lejos posible de las boyas.


En la primera vuelta tardé 46 minutos. En la segunda, que sí nadé ciñéndome a todas las boyas, empleé 50 minutos. Más tiempo para menos recorrido. Cosas de la adrenalina del principio. Salí del agua en 1:36, mejor de lo que esperaba tanto en cuanto al tiempo como al cansancio, ya que me encontraba bien y las pulsaciones no me subieron mucho.

Tras 9 minutos de transición salí a pedalear antes de las dos horas. Ese era mi primer objetivo. Me aseguraba que si no superaba las 8 horas en la bici –un cálculo razonable-, tendría 6 horas para terminar el maratón y conseguir entrar dentro del tiempo de corte. Al final, la lluvia hizo más duro el recorrido y más de 400 personas, por un motivo o por otro, no consiguieron acabar o superar esos tiempos de corte.

Los 180 kilómetros en bicicleta empiezan con 20 casi llanos, ligeramente ascendentes. Ahí aparece la primera subida de la carrera, la Cote de Condamine, sólo 500 metros pero con una pendiente del 10%. Se podía sobrellevar, pero hubo gente que puso pie a tierra. A continuación, 25 kilómetros sin gran desnivel, pero que picaban continuamente hacia arriba. Tras 5 kilómetros de un pequeño descenso, empieza el Col de l’Ecre, que es la gran subida del recorrido. 20 kilómetros de ascenso tendido pero constante, con una pendiente media del 5% y rampas máximas del 8%. Un puerto precioso, para subir a ritmo, con pocos tramos muy duros pero, también, con muy pocos descansos. Vistas espectaculares, pueblos preciosos, todo el valle a los pies… Realmente, un tramo del recorrido para recordar. Llegando al final de la subida alcancé a Javi, uno de los compañeros con los que compartimos la experiencia. Nos volveríamos a ver varias veces a lo largo del día.

Después de parar unos minutos arriba para comer un bocadillo, me preparaba ya para 70 kilómetros en los se sucedían pequeños puertos con tramos llanos o en ligera bajada. 100 kilómetros en los que recuperaría los 1100 metros de desnivel que habíamos ascendido en los primeros 70. Un recorrido perfecto para subir un poco la media de la bici. Sin embargo, en ese tramo acumulé roturas y paradas que me hicieron no poder rodar tranquilo. Estaba realmente aterrorizado por la posibilidad de que una avería me dejara fuera de carrera. Retirarte porque has llegado a tu límite físico debe de ser duro, pero no poder terminar teniendo fuerzas para hacerlo, más aún en tu primera prueba, tiene que ser mucho peor.

Seguí, con mucha prudencia en las bajadas y agradeciendo las subidas –pasé tanto frio, con la lluvia y el viento que incluso me alegraba ver que por fin podía dar pedales y calentarme un poco­-. Incluso tuve tiempo para que otro ciclista colombiano me informara del resultado del partido de su selección de la noche anterior, aprovechando para decirle que el Elche todos apoyábamos a muerte a su selección, gracias a Carlos “La Roca” Sánchez. Y también para compartir un rato de charla con un ciclista irlandés con el que hablé de rugby, de Brian O’Driscoll y de Simon Geoghegan.

En el kilómetro 140 acaba esa zona de transición y empieza una bajada larguísima y muy virada de 20 kilómetros. Ahí me fui al suelo. Sé el kilómetro exacto porque el cuentakilómetros se paró en ese momento. Y en ese kilómetro sigue todavía parado. Al final, entré de nuevo en boxes en 7:58, ajustado al tiempo previsto. Podía haber sido menos tiempo. También podría haber sido más. O incluso podría no haber sido. La bajada fue terrorífica, y vi a no menos de 30 ciclistas en los arcenes. A veces veía bicicletas abandonadas. Realmente, daba miedo pensar que una de esas curvas podías dejarte no sólo la carrera, sino algo mucho más importante. Afortunadamente, en el momento de escribir esta crónica no he tenido noticia de ningún accidente grave. Una verdadera suerte, aunque para muchos sí acabara la carrera en alguna de esas curvas.

Salía empezar la primera vuelta cuando mi reloj marcaba 9:56, después de otra transición de 9 minutos que debieron haber sido algunos menos, pero que se prolongó después de tener que pasar por el aseo. Hasta siete veces tuve que parar durante la carrera. Otra cosa no, pero hidratado sí que iba, y había que vaciarlo. Empecé a hacer ya cálculos mentales. Si conseguía hacer cada vuelta –de 10,55 km, ida y vuelta de poco más de 5 a largo de un paseo que al final se hacía interminable- en 1:15, a un ritmo de 7:15, no superaría las 15 horas. Realmente, me daba un poco igual. Siempre quieres hacer el menor tiempo posible, pero el primer objetivo era acabar dentro del margen permitido, así que no bajar de 15 horas no me iba a importar lo más mínimo.

La primera vuelta la hice en 1:10, me encontraba realmente bien –dentro de mis posibilidades- e incluso me obligué a andar en los avituallamientos, aunque solo fuera para beber un vaso de agua y de isotónico, para guardar fuerzas, aunque me veía entero.

Debo decir que en ese momento ya había recuperado a todos mis compañeros de carrera. Primero vi a Mike en la carrera. Acabó haciendo un gran tiempo, 12:34, a pesar de no poder prácticamente correr los últimos 15 kilómetros por molestias en la rodilla. Enorme, superando con sacrificio el dolor.

Después vi a Raúl, que iba como una locomotora. 3:43 en el maratón y 11:54 al final. Corría con una soltura que me daban ganas de parar a aplaudirle cuando pasaba al otro lado del recorrido. Realmente impresiona ver a alguien correr tan suelto cuando tú no puedes ni con los cordones de las zapatillas. Enhorabuena por ese marcón en tu primer Ironman.

A Moi, que todavía tenía fuerzas para hacer un poco el payaso cuando pasaba cerca de las cámaras de nuestro particular club de fans –Isa, Vanessa, Raquel y David, que se tragaron las 15 horas y pico de carrera enteras, madrugando como el que más-, también me lo crucé varias veces. Corría tan suelto que acabó en menos de 13 horas.

Igual que Mónica, 12:55 y puesto 26 –primera española de su grupo de edad-. Después de hacer 1:06 en la natación, mejorando el tiempo de algunas Pro.

Cano, a pesar de problemas físicos, también acabó muy poco por encima de las 13 horas, y tuvo el enorme detalle de pararse a recoger un cartel de apoyo a un familiar enfermo, asegurándose al entrar a meta que se viera bien.

Jordi también tuvo tiempo, en sus 14 horas peladas –con el meritazo de bajar en más de 2 horas su tiempo del ironman anterior-, de pasar a recoger una camiseta con la foto de sus hijos para entrar en meta tan orgulloso que emocionaba verlo tan feliz.

Javi, con el que estuve toda la carrera cruzándome por delante y por detrás, también entró por delante de mí, en poco más de 15 horas. Primero lo adelanté en la carrera, luego me pasó él a mí, después nos volvimos a juntar… hasta que yo ya no pude más y se fue por delante. Acabó su segundo ironman en quince días, y esa misma noche estaba más fresco que yo a la mañana siguiente. Será que la materia prima canaria, cuando se endurece en la península se hace más resistente que el acero.

Sólo quedaba yo por terminar. Al final de la segunda vuelta ya me había ido a 1:19. Llevaba dos horas y media de carrera y debía mantener ese ritmo para poder redondear las 15 horas. En el kilómetro 25 me di cuenta de que no podría. La tercera y cuarta vuelta las hice ya a ritmos muy parecidos, entre 44 y 46 minutos me salieron los cuatro tramos de 5,3 km, a 8:30/km. Por aquel entonces ya había dejado de comer y casi de beber. Corría -trotaba- y andaba casi a partes iguales.

Durante la carrera me hidraté abundantemente. En la bici comía un trozo de pan de higo o de pan de dátil cada 20 kilómetros, además de un bocadillo a mitad de carrera. Me bebí 8 ó 10 bidones, de agua, isotónica o incluso coca-cola. Cuando empecé la carrera a pie no me entraba nada de comida. En los avituallamientos había agua, isotónica, Red Bull y coca-cola. También barritas y geles, naranja, plátano y galletas saladas. Nada de eso me apetecía.

Para no quedarme vacío me obligaba a beber un vaso de agua y de isotónico en un avituallamiento, y a comer dos galletas saladas y beber un vaso de agua en el siguiente. Repetí este esquema durante los primeros 21 kilómetros. No obedecía a ningún plan preparado. Simplemente, me pareció adecuado en ese momento, y era lo único que me entraba. No fui capaz de probar un gel o una barrita –a pesar de que eran  Power Bar, los mismos que tomo habitualmente-. No quería fruta.  Así que sólo me quedaban las galletas saladas.

En el paso por la segunda vuelta me tomé el último trozo de pan de dátil con nueces que me quedaba y no volví a comer en la carrera. Sólo bebí, cada vez más ocasionalmente. Pero cada vez tenía más nauseas. Y hubo un par de kilómetros en los que cada vez que arrancaba a correr me daban tales arcadas que tenía que parar. A esas alturas, no quería que un mareo, unos vómitos, me sacaran de carrera cuando estaba tan cerca. Así que, aun a costa de sacrificar algunos minutos, preferí asegurar el final.
Y así llegué al kilómetro 40. Los últimos 7 se me hicieron más que eternos. Pero me obligué a trotar, aunque fuera muy suavemente. Completé los últimos 2195 metros corriendo, en 14 minutos. Ya era casi noche cerrada, todavía quedaba gente animando. Pero la llegada fue un subidón impresionante. Abrumador. En el pasillo de entrada focos que te deslumbraban, un griterío ensordecedor, las gradas de los lados abarrotadas de gente chillando, aplaudiendo, animando. El speaker hablando sin parar.

Sinceramente, llegué aturdido completamente. No me esperaba esa llegada. Además, estaba saturado física y mentalmente. No me enteraba de nada. Sólo veía luces, oía gritos. Choqué un par de manos que salían de una masa negra de gente que gritaba. Pero no sabía qué pasaba.

Crucé la línea de meta en 15:26 minutos, ya no pude aguantar más y me puse a llorar, roto el cuerpo y huida la mente. Ahora siento mucho no haber estado más entero en esa llegada. Me enteré después de que varios de mis compañeros se habían quedado a esperarme, algunos hacía más de 3 horas que había llegado, pero después de llevar en pie desde las 4 y media de la mañana, de haber pasado 12, 13 ó 14 horas sufriendo, todavía se quedaron a esperar que llegáramos los dos últimos que quedábamos del grupo por entrar.

Siento no haberme dado cuenta de que eran ellos los que más gritaban de esas gradas, los que aplaudían y que eran sus manos las que me chocaron cuando entraba a meta –Moi, Jordi, joder, casi me tiráis al suelo-. De verdad que no me di cuenta. No vi a Isa entre las gradas, no vi a los demás que se habían quedado a esperarme. Si los hubiera visto, os aseguro que me habría parado a abrazarlos, a darles las gracias por todo, y que hubiera empezado a llorar mucho antes de haber cruzado el arco de llegada. Ahora mismo, es lo que más lamento.


 Pero todo terminó. Entré, me dieron la medalla, me hicieron la foto. Salí de la zona de llegada. Me abracé entonces sí a mis compañeros, a Isa. Intenté comer algo, llegué como pude al hotel. Terminé. En el teléfono, que se había quedado sin batería, empezaron a entrar mensajes, felicitaciones. He sido tan pesado estos meses que tenía a medio pueblo pendiente de mis andanzas, sólo por enterarse del final de la historia.

Esto ha sido la carrera. Pero es imposible sólo contando cómo sucedieron las cosas ese domingo 29 de junio, transmitir todo lo que he vivido y sentido en realidad en estos cinco días. E incluso en estos once meses en los que he estado preparando la carrera. La ilusión con la que empiezas a entrenar. Las dudas con las afrontas las primeras pruebas. El miedo a fallarte y a fallar a quien confía en ti, a no ser capaz. Los nervios del día de la carrera. Las miles de sensaciones o ideas que cruzan tu cabeza durante 15 horas, desde el amanecer hasta el anochecer. La satisfacción plena. La felicidad pura, absoluta, sin adulterar, de cruzar la línea de meta y de ver que sí, que has sido capaz, que lo has conseguido. La gratitud hacia todos los que te han ayudado a conseguirlo. El alivio de ver que todo ha salido, finalmente, bien.

Sería imposible agradecer tanto a tantos sin cuya ayuda nunca podría haber llegado hasta aquí. Sin duda, a los que me han ayudado en la preparación. A mis profesores de natación, Ruth, Bea, Sergio, que han sudado tinta para conseguir que mi cuerpo no fuera un trozo de plomo que se hundía sin remedio cada vez que entraba al agua. A Rafa, que me marcó el principio del camino, y me acompañó a lo largo de todo su recorrido. A Quique, sin cuyos entrenamientos, consejos y atención nunca podría haber logrado domesticar mi cuerpo para que sea capaz de hacer, mal que bien, lo que hago. A todos los que me habéis acompañado en todas y cada una de las salidas de bici, en las carreras, en las transiciones que hemos hecho a lo largo del año. También a los que hace 15 días nos demostrasteis en Galicia que querer es poder y que si te lo has trabajado, lo consigues.

Y, cómo no, también a Mónica, que fue la primera que me animó a conseguir este reto, la primera, y creo que la única, que desde el principio creyó que sería capaz de conseguirlo, de llegar a donde he llegado. Sin su aliento desde aquel primer día de julio del año pasado nunca habría sido ni siquiera capaz de pensar en estar donde estoy hoy. Gracias.

Pero, a pesar de todo lo anterior, a pesar de la ayuda, la confianza, el tiempo, el entrenamiento… a pesar de todo, la mayor parte de lo que conseguí el domingo se lo debo a mi familia. A Isa, que me apoyó y me ayudó desde el principio, que nunca puso mala cara aunque me fuera domingo tras domingo a las 7 de la mañana de casa y no volviera hasta las tres de la tarde. Que soportó que tarde tras tarde me fuera a entrenar y volviera tarde. Que nunca me hizo sentir egoísta por privarla de tiempo y de ayuda. Sin ese respaldo nunca habría sido capaz. También a mis hijos. Ver en sus ojos y en sus palabras la ilusión y el orgullo que tenían de que su padre fuera finisher en el Ironman es un combustible que alimenta el motor cuando no quedan otras fuerzas.

Hasta aquí ha llegado esta aventura. No se si será la primera de muchas, o la última de unas pocas. Sólo sé que he disfrutado de ella y que, sin duda alguna, todo el esfuerzo ha merecido con creces la pena.

PD. No puedo despedirme sin acordarme de esto... (Salgan del coche, A-HO-RA MIS-MO)

miércoles, 18 de junio de 2014

CRONICA DE UN DESVARIO. AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN TRIATLETA GLOBERO.

(II) LA DECISION

Tal y como venía diciendo, lo cierto es volver a preparar un maratón me motivaba poco. Y la preparación de la carrera sin demasiadas ganas, como ya había comprobado en el Maratón de Castellón, no sólo se hacía más dura de lo que ya de por sí era, sino que conllevaba también una carrera sin ningún disfrute.

En estas andaba cuando me encontré, mes de julio del año pasado, con un reportaje en televisión sobre el Ironman de Niza. Me impresionó. No sólo por la dureza de la prueba, sino también por lo espectacular que resultaba. 2500 personas lanzándose a nadar al mar al mismo tiempo. Las subidas por puertos con vistas espectaculares, en plena zona de prealpes de Niza. Y las llegadas, sobradas o agónicas, corriendo a lo largo de Paseo Marítimo, junto al mar –en el video se puede revisar el programa que yo vi aquel día-. Decidí en aquel momento que quería correr algún día esa prueba. Lo que no imaginé es que me llegaría la oportunidad tan pronto.



Solo unos días después, mi amiga Mónica me dijo que pensaba apuntarse al Ironman de Niza para junio de 2014 junto con varios compañeros del Club Ilicitano de Triatlón. Como sabía que me apetecía probar el triatlón –y a ella le gusta mucho hacer proselitismo- me animó a que me apuntara con ellos. Lo cierto es que a mí tampoco hace falta mucho para convencerme. Y aquello empezó a dar vueltas en mi cabeza.

Me llevó a su club y hablé con Rafa, que me dijo que, con la base de carrera que tenía, si entrenaba lo que tenía que entrenar –que sería mucho- podía acabarlo perfectamente, en un tiempo cercano a las 15 horas –el corte es de 16 horas-. Sólo me faltaba ese empujón. ¿Cuándo puedo empezar? pregunté. Mañana mismo, me contestó. Así que al día siguiente, 29 de julio, justo once meses antes de la prueba, empecé a entrenar, lanzándome a la piscina. Dos semanas después, el 14 de agosto, cogía la bici por primera vez.

Debo aclarar que, aunque tenía base de carrera, las otras dos disciplinas me eran casi completamente ajenas. Mi experiencia con la natación se reducía a unos cursos de natación con 6 años y una carrera con 8 en la que, tras quedar último, cogí una aversión a esa disciplina que aún me dura. Por su parte, nunca monté más que muy puntualmente en alguna bicicleta de carretera que me prestaron, y mi mayor experiencia en MTB fue cuando, hace 14 años, decidí que haría el Camino de Santiago en bici. Sin haberlo preparado, con una bici prestada que pesaba casi más que yo, efectivamente lo hice, 8 días, solo. Cuando llegué a Santiago juré que no volvería a coger una bicicleta en mi vida. No soy muy de fiar en mis juramentos, como podéis comprobar.

El caso es que sabía nadar –lo justo para no ahogarme- y sabía pedalear –lo justo para no caerme-. Pero poco más. Empezaba casi de cero en ambas disciplinas. Y, como pude comprobar, mi “estilo” –por llamarlo de alguna forma- de natación era horrible –por ser diplomático-. Y mis fuerzas en la bicicleta me dieron, el primer día, sólo para llegar a la pequeña subida que hay en la Vía Parque a la altura de IFA y, con la lengua fuera, volver a trote cochinero desde ahí.

Me han dicho muchas veces que si no es un poco excesivo fijarse como objetivo, directamente, una prueba tan ambiciosa sin tener experiencia previa en el triatlón. Si no sería lo lógico que correr un Ironman fuera el resultado de una evolución previa, y no una meta inicial. Otras veces, no ha hecho falta que me lo dijeran. La cara con la que me han mirado después de anunciar mi objetivo ha sido lo suficientemente despectiva como para saber perfectamente lo que opinaban de mi intención.

Es muy probable que tuvieran razón. De hecho, durante estos 11 meses de preparación, muchas veces he pensado que me había equivocado, que debería haber estado al menos un año haciendo triatlones de menor distancia para, posteriormente, decidir si quería o no realmente ir a por un larga distancia. Esa sería la vía lógica y razonable, entiendo ahora. El camino correcto hacia el Ironman.

Pero, por un lado, como las plazas se acababan tan pronto, tuve que inscribirme a finales de octubre, apenas empezada la preparación. Lo que ya me obligaba mucho. Esa era la “excusa” oficial –en realidad, se puede anular la inscripción recuperando parte del dinero-.

Por otro lado, y esta es sin duda la razón principal, el reto que me motivaba era hacer el Ironman, conseguir terminarlo, y no sólo practicar un nuevo deporte, hacer un triatlón, cualquier otro triatlón. Ahora le he cogido cierto gusto, sobre todo a la bici, y también a la natación en el mar –son las dos cosas que más me gustan de lo que hago, especialmente el mar-. Pero, inicialmente, no me planteaba el disfrute en la preparación, sino la obligación para la consecución del objetivo. Disfrutar haciéndolo era algo que no se valoraba.

Tal vez porque venía de estar nueve años corriendo habitualmente, de preparar muchas carreras, en las que no disfrutaba con la preparación. Mi única satisfacción era acabar la carrera, eso era lo que compensaba todo el sacrificio previo. Yo no soy de los que corren por el simple placer de correr, no he encontrado en nueve años esa auto-satisfacción. Cruzar la meta en Madrid o en Barcelona. Correr por Central Park en Nueva York o en la Playa de la Concha en San Sebastián. Eso era lo que me hacía disfrutar. Pero el entrenamiento no era parte de ese disfrute.

Por eso, nunca pensé que preparar el triatlón fuera a hacerme disfrutar. Y lo cierto es que a ratos he disfrutado más de los entrenamientos en bici que con los de la carrera a pie. Y he descubierto lo hermoso que es nadar en el mar abierto. Pero, no nos engañemos, el 80% de los entrenamientos han sido de escaso disfrute, incluyendo ahí el 100% de los entrenamientos de natación en piscina.

Así que, preparado como estaba para sufrir entrenando, para sacrificarme para conseguir el objetivo que me había planteado, lo cierto es que puedo decir que he preparado la carrera a conciencia. He hecho entrenamientos largos y duros, he tenido constancia, he sacado muchas horas para entrenar. Y, al margen de que luego la prueba me salga bien, mal o regular, he dado casi todo lo que podía para conseguir el objetivo. Y, salvo que me lleve una gran sorpresa el domingo 29 de junio, creo que puedo decir que, con la base aeróbica que tenía con la carrera, la preparación de un año es suficiente para terminar la prueba decentemente. En la próxima entrega contaré por encima qué he hecho este año.


En fin, sé que no voy a hacer un gran tiempo, que probablemente entraré pasadas las 15 horas, y que tendré que correr con cabeza el maratón para no desfondarme y quedarme en el intento. Para mí será suficiente con acabarlo dentro del tiempo de corte y hacerlo con la cabeza alta, habiendo disfrutado del trayecto.

lunes, 16 de junio de 2014

CRONICA DE UN DESVARIO. AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN TRIATLETA GLOBERO.

(I) EL COMIENZO

Antes de entrar con el triatlón, y en ese Ironman cercano, me gustaría recordar los antecedentes. Contar un poco de dónde viene todo esto. Así que ahora haré un breve resumen de qué fue lo que llevó a plantearme, hace ahora casi un año, correr el Ironman de Niza.

Siempre he practicado deporte. Si echo la vista atrás me veo jugando –compitiendo, en una u otra medida- al fútbol 11, al fútbol 7, al fútbol sala, al baloncesto, al tenis, al squash, al rugby… A pesar de eso, nunca soporté la parte de preparación física de los deportes que he practicado. No soportaba correr. Creo que, hasta hace diez años, nunca había corrido más de 40 minutos seguidos.

Por eso, cuando hace nueve años me hice con plan de 16 semanas para preparar una Media Maratón, debo reconocer que no las tenía todas conmigo. La idea de correr una media maratón me rondaba la cabeza desde tiempo atrás. Aunque no empezó a coger forma hasta que, un día volviendo de Enguera, mi amigo Pablo Candela –al que debo agradecerle mi inicio en el mundillo del running-, me contó su experiencia y me recomendó los planes de entrenamiento que él estaba siguiente, de Hal Higdon.

Al principio me pareció imposible que yo lograra la constancia suficiente como para preparar una prueba de este tipo. El caso es que empecé, en junio de 2005, fijándome como prueba objetivo el MM de Benidorm, a finales de noviembre de 2005. 6 meses debían ser suficientes. Al principio, las tiradas de 6 km eran las tiradas largas, y me las veía y me las deseaba para acabarlas. Por aquel entonces superaba los 100 kg de peso. Al final, el plan fue dando sus frutos y conseguí terminar en Benidorm –de hecho, hasta hoy nunca he abandonado una carrera-, con un tiempo muy mediocre, de 2:04, pero razonablemente entero.

Después de esto, se abrió un tiempo de cierta incertidumbre. Mi objetivo se había cumplido, pero no quería perder lo que había conseguido. Había bajado 6 kg de peso y era capaz de superar la hora de carrera continua. Repetí el plan y corrí la MM de Elche, año 2006 –fue la primera de nueve consecutivas, es la única prueba a la que no he faltado cada año desde que empecé a correr-. El resultado fue muy parecido, creo que baje sólo un minuto a mi anterior tiempo. Y me dejó un mal sabor de boca. Pensaba que iba a mejorar más mi tiempo, pero no fue así.

Mientras me pensaba qué iba a seguir haciendo me apunté, casi por casualidad, unos pocos días antes, a la MM de Alcantarilla, unas pocas semanas después de la Elche, y la corrí sin especial preparación. Sin embargo, me salió muy bien, bajé por primera vez de las 2 horas, 1:57, y me animó mucho a seguir corriendo. Para mí era todo un logro correr a 5:30/km, no pensé que pudiera nunca bajar ese ritmo mucho más. Si aquella carrera no me hubiera salido bien, probablemente no habría seguido insistiendo. Afortunadamente, no fue así, y aquello me dio motivación para continuar.


Porque, debo reconocerlo, correr una Media no era mi objetivo desde el principio. Aunque me daba miedo hasta reconocérmelo a mí mismo, lo que de verdad me motivaba era correr un maratón completo. Pero parecía un reto tan inabordable que nunca me atreví a decirlo en voz alta.

Así que por aquellas fechas –no recuerdo si un poco antes o un poco después- me apunté a la lotería del maratón de Nueva York. Pensé: “ya que voy a correr uno, que sea a lo grande, por si luego no hay otro”. No pensaba que me fuera a tocar a la primera, de hecho hubiera tenido que posponer la inscripción un año. Pero, contando con los rechazos, empecé a probar, ya que, por aquel entonces, si te rechazaban tres veces, a la cuarta tenías la inscripción asegurada. El primer año no me tocó. Pero el segundo año que lo intenté sí me tocó el sorteo.

Recuerdo el subidón cuando me llegó el mail que me confirmaba que me habían asignado plaza. Creo que fue por mayo de 2007 o así. Por aquel entonces, había corrido ya dos ediciones de la MM de Elche, una de Santa Pola, Alcantarilla y Molina de Segura –mi peor experiencia con diferencia, 2:07 y unas sensaciones horribles-.

Descargué un plan para el maratón, también de Hal Higdon, y lo empecé a preparar. Corrí las medias de Lorca y Petrer, por aquel entonces ya bajaba habitualmente de 2:00, rondaba el 1:50, en Petrer hice 1:48, y había bajado de peso hasta los 87 kg. Y en noviembre me fui a NY. Por ahí está la crónica de aquella carrera por si a alguien le interesa, así que no daré mucho follón con ello.

Aunque llegué fundido, me apunté al Maratón de Madrid, para seis meses después, y lo corrí en 2008, no bajé de 4:00, pero me quedé a 22 segundos, y con unas sensaciones muy buenas. A partir de ahí, todos los años seguí el mismo patrón. Buscar un maratón que correr, seguir un plan de 12 semanas –a partir de Madrid cogí un Plan de Rodrigo Gavela y me fue infinitamente mejor que con el primero- y hacer un par de Medias como parte de la preparación.

Corrí Barcelona en 2009 –la primera vez que bajé de 4:00-, Valencia en 2010, San Sebastián en 2011 –mi mejor tiempo hasta la fecha 3:52- y Castellón en 2012. Un maratón al año desde 2007, 6 en total.

Pero ni la preparación para Castellón –muy desganado- ni la propia carrera me dejaron satisfecho. Al contrario, me sentía saturado de correr. Necesitaba encontrar un objetivo que me motivara. En principio, pensaba correr el maratón de Murcia en 2013, ese era el plan original, a muchos meses vista.




Resumiendo, desde junio de 2005 corriendo habitualmente. 6 maratones, 27 Medias Maratones, y un montón de carreras de menos distancia (Racó de la Morera, San Silvestre Crevillente y Elche –el único sitio donde he ganado algo, un primer premio de disfraces-, Cross de Perleta, Mitat de Mitja, 10 km Abel Antón en Gran Alacant…). Y la necesidad de algo que me motivara para cambiar. Eso lo dejo para la siguiente entrada.

jueves, 1 de agosto de 2013

Hey, I'm alive

Pues eso.

Que a ver si escribo otra vez.