viernes, 15 de julio de 2016

VITORIA TRIATHLON FULL. 10 DE JULIO DE 2016

Un año después, vuelvo a aparecer por aquí para colgar una crónica. Esta vez, de mi tercer triatlón de larga distancia, el primero que no es uno de los de la franquicia Ironman. Por dónde empezar. No es fácil, después de un año. Empezaré por mis sensaciones de entonces.

Releyendo mi crónica de hace un año, recordaba las cosas distintas a como está reflejado ahí. Cuando terminé Maastricht aún no tenía claro el impacto de esa carrera, pero el paso del tiempo me demostró lo profundo que había sido. Quise darme un par de semanas de descanso -fue el 2 de agosto- y empezar a entrenar otra vez para hacer el maratón de Valencia, ya que tenía justo las 12 semanas de preparación que establece el plan con el que suelo prepararlo. No hubo forma. Salí dos, tres días, pero en cuanto tuve que hace series y meter un poco de intensidad, me di cuenta de que no era posible. Creía entonces que era problema físico, que no me había recuperado. Me di dos semanas dos semanas más de margen. El problema no era físico. Era mental. Estaba completamente saturado. Después de dos años seguidos preparando Ironman desde mitad de agosto hasta final del junio, el primero, y desde principio de septiembre hasta principio de agosto, el segundo, estaba completamente exhausto y mi cabeza se negaba a volver otra vez a empezar con el sacrificio de 6-7 días de entrenamiento a la semana, de madrugones sábado sí y domingo también, de horas de piscina…

Decidí tomarme con calma el año, empezando suave, tres o cuatro días a la semana, sin tiradas largas los fines de semana, relajadamente… Nada. No hice nada. Ni palo al agua. En los cuatro meses que fueron de principio de septiembre a Navidad, si dijera que conseguí salir cuatro días a correr, tres en bici, y nadé un par de veces en total, creo que estaría exagerando. No me apetecía, no encontraba motivación. Me parecía increíble que hubiera sido capaz de tirarme dos años, con muy pocos días de descanso, madrugando sábados y domingos, encontrando horas para nadar, corriendo a medio día tres veces a la semana. No es que me pareciera otra vida la que había llevado durante ese tiempo. Es que incluso me parecía que ese no era yo.

Viendo cómo se estaban poniendo las cosas (aumento de peso y de malhumor, sobre todo) Isa decidió que hasta ahí habíamos llegado, que era hora de que empezara otra vez a entrenar. Y decidió regalarme por Navidad la inscripción a Vitoria. Debo reconocer, y agradecer, que mi mujer no sólo no me ponga pegas para entrenar, sino que, al contrario, me anime a que lo haga. Nunca he encontrado una mala cara, un enfado, cuando he tenido que hacer entrenamientos de horas y horas en fin de semana. Incluso más de un sábado o domingo ha sido ella la que me ha echado de la cama antes de las siete para que me fuera a entrenar. Por tanto, no es exagerar decir que, especialmente en este Triathlón de Vitoria, tiene ella casi más mérito que yo.

Para ser honesto, he de decir que, con el regalo, me ofreció las dos posibilidades, inscribirme al Half y al Full, ya que había conseguido localizarme plaza en las dos (se habían agotado hacía meses). Cuando llegué a la meta en Maastricht lo primero que le dije, a ella y a mis hijos, fue que, si alguna vez en la vida me oían decir que me iba a apuntar a un Ironman, me quitaran la idea de la cabeza y se aseguraran de que no lo hacía. Así que tal vez me ofreció las dos posibilidades por eso. En cualquier caso, lo tuve claro desde el principio. O Full, o nada.

Soy muy cabezón, y capaz de tener mucha constancia, pero necesito algo que realmente me motive, me suponga un reto que me haga exprimirme y entregarme al máximo, porque no tengo punto medio. O me atrapa y me vuelco, o me dejo llevar y no me esfuerzo. Optar por el Half me parecía una pequeña claudicación, un reconocimiento de que la distancia Ironman había podido conmigo. Y aunque me temo que eso era lo que realmente pensaba, que estaba intentando algo que estaba por encima de mis posibilidades, todavía me negaba a aceptarlo. Así que lo decidí: Full a tope, y a pelear a partir de entonces. Me quedaban seis meses por delante.

Además de ponerme a entrenar ya al día siguiente, el mismo 7 de enero, tomé otra decisión que creo que ha sido fundamental en cómo me han acabado saliendo las cosas. Había cogido cinco kilos desde el Ironman, de 83 había subido a 88 kilos. Y aunque sabía que cuando empezara a entrenar los perdería, quería algo más que quedarme en esos 82-83 con los que hice Niza, en 2014, y Maastricht, en 2015. Así que busqué un nutricionista que tuviera experiencia en alimentación de deportistas, y por consejo de Jordi fui a ver a Manuel Miralles, de la Clínica Marpe, en Elche. Y debo decir que fue un acierto total. No sólo he bajado nueve kilos, llegando con 79 a la carrera, sino que además la nutrición durante el triatlón ha sido fundamental para que pudiera mejorar tanto y llegar entero al final. Alimentarme bien durante todo el día, con bebida y comida bien repartida, que ya había probado, y muy variada, ha sido lo que me ha permitido sacar todo el entrenamiento que llevaba acumulado. Al contrario que en carreras anteriores, en la que apenas comenzaba la maratón me quedaba sin fuerzas, con nauseas cada vez que intentaba llevarme algo a la boca, y sin posibilidad de asimilar alimentos. Por eso quiero reconocerlo y darle las gracias, porque estoy seguro de que sin su ayuda no me habrían salido tan bien las cosas.
En lo que a entrenamiento puro y duro se refiere, estar tanto tiempo casi parado me había renovado mentalmente y ya volvía a tener ganas de sacrificarme entrenando. Pero, claro, en contrapartida, me había dejado a un nivel de preparación bajo mínimos, como pude comprobar cuando volví a coger la bici y a intentar correr a un ritmo medio decente. Decir que estaba flojo es exagerar. Era como si empezara de cero. Donde menos lo noté fue en la natación. Como ya nadaba muy lamentablemente antes, seguir siendo un trozo de plomo en el agua no fue ningún cambio.

Empecé al ritmo habitual, de 6-7 días por semana, sin doblar los primeros meses, y más con la intención de que hasta finales de marzo me sirvieran para coger base y recuperar forma, y a partir de principio de abril ya ir aumentando volumen e intensidad. En enero hice la media de Santa Pola con una transición corta de 50 kilómetros y, aunque llevaba sólo dos semanas de entrenamiento, la acabé sin mayores problemas, aunque eso sí, unos minutos por encima de las dos horas. En febrero corrí Orihuela, apenas tres semanas después, con una transición parecida en bici que fue muy dura por el viento en contra durante todo el recorrido, y en la que conseguí ya bajar de las dos horas, con 1:57, lejos de mis mejores tiempos, pero ya notando progresos en poco tiempo.

En abril fue la media maratón de Elche, mi undécima participación consecutiva en esa carrera, a la que no he faltado desde que la corrí por primera vez en 2006. De nuevo en transición y otra vez mejorando la anterior carrera, para entrar en 1:51, además con muy buenas sensaciones. Metidos ya en mayo hice la media maratón de Almansa, esta vez ya con una transición más exigente, de más de 100 kilómetros, en un día bastante caluroso. También acabé contento, en 1:54, mejorando en 25 minutos el tiempo del año anterior, en el que también la hice y la transición fue durísima, a un ritmo muy superior al que debería haber llevado, que me pasó factura en una carrera en la que lo pasé muy mal.

A partir de ahí, y ya doblando varias veces por semana, fui cumpliendo mis entrenamientos, bajando de peso paulatinamente, acercándome a Vitoria. Aunque pensé en algún momento en hacer un Half como preparación, algunas semanas antes, al final decidí que sería un Olímpico, justo cuatro semanas antes. Fue un Triwhite, en Pilar de la Horadada, y todo me salió bastante bien. 2:39, casi veinte minutos menos que mi anterior olímpico, y además haciendo a un ritmo muy constante tanto la natación como la bici y la carrera, donde hice casi todas las vueltas de cada segmento en tiempos prácticamente idénticos. Además, pude darme el gustazo de participar por primera vez en un triatlón con mi hijo, aunque no coincidimos en la misma distancia.

Las dos últimas semanas, como es de rigor, bajé la intensidad y las distancias, y así compensé la sensación de profundo cansancio físico que tenía. Obviamente, así debía ser. Pero cuando llegas a ese punto, te parece que, si retrasaran dos o tres semanas la prueba, renunciarías a participar. Tal es el grado de cansancio que acumulas. En cualquier caso, fueron dos semanas muy relajadas. Y llegamos a Vitoria.

Hasta entonces, había hecho dos Ironman. En el primero de ellos, en Niza 2014, fuimos ocho triatletas del club, algunos acompañados de nuestra pareja. El ambiente en un grupo así es brutal, y lo pasamos muy, muy bien. Pero eché de menos a mis hijos, sobre todo al llegar. Al año siguiente, en Maastricht, ningún otro miembro del club participó, y fui con la familia, planteado más como vacaciones para todos. También eché de menos que no hubiera ningún compañero más participando, porque la conexión con quien has pasado tantas horas entrenando, entre quienes se enfrentan a la misma exigencia, antes, durante y después de la prueba, es muy fuerte en esos momentos, y hace que la percepción sea muy diferente. Esta vez, tuve la suerte de tener las dos cosas. A mi familia conmigo y a mis compañeros también. Siendo, incluso, que estuvimos cerca físicamente, ya que hicimos tiempos muy parecidos y me crucé casi con todos durante la bici y la carrera. Aunque el Ironman sea una prueba en solitario, en la que ni puedes comunicarte en la natación, ni puedes ir cerca en la bici, saber que compartes el esfuerzo con tus amigos convierte un deporte ferozmente individualista, en algo más cercano a una competencia colectiva. No quieres fallar a los demás, ni tampoco quieres que ellos no puedan superarlo, te duelen sus desfallecimientos.

El triatlón del domingo tuvo un prólogo el sábado anterior, con un Acuatlón Txiki, que se celebraba en el mismo embalse en el que nosotros nadaríamos el domingo. Un entorno espectacular, que a quienes venimos de zonas mucho más secas nos deja impresionados. La posibilidad de correr sobre césped, entre árboles frondosos, de nadar en lo que parece un lago espectacular, en medio de la montaña, es para nosotros muy atractiva. Desde luego, el entorno de la prueba no podría ser mejor. Mis tres hijos participaron en la prueba, acabando con ella su temporada de duatlones, triatlones y acuatlones, la que empezaron en septiembre, y en la que ya les tocaba ir terminando. Viéndolos correr y, sobre todo, nadar, me daba cuenta de la suerte que han tenido pareciéndose en eso a su madre y no a mí.

El Triathlon Full Vitoria empezó el domingo 10 de julio a las 5 de la mañana. Un poco antes, en realidad, ya que, aunque puse el despertador a esa hora, 15 minutos antes ya estaba despierto. Desayuno y camino a coger el autobús que te acerca a Landa, al embalse en el que se nada -en realidad, más bien parece un lago-. Las casi tres horas de espera antes de tomar la salida -la salida se retrasó media hora por la espesa niebla que cubría el lago- se hicieron largas, aunque más amenas tanto por estar rodeado de compañeros, como por la visita de la familia, que se pegó el madrugó para ver la entrada y salida al segmento de natación.

Salimos cerca de las 9 de la mañana, cuando los casi mil participantes en el Full nos lanzamos a las aguas no muy frías, en una mañana aún nubosa y con poca visibilidad. Al contrario que en otras ocasiones, decidí que buscaría más la línea recta de las boyas, aunque saliera un poco más retrasado. En cualquier caso, me encontré metido no en la vorágine de la salida…pero casi. Nunca en un triatlón había salido yo tan rodeado de cerca por gente que braceaba y daba patadas. Siempre he huido de esas aglomeraciones, pero esta vez me metí en el medio. Así que apreté el nado, con lo que, llegado a la primera boya, a apenas 200 metros de la salida, estaba empezando a asfixiarme cuando apenas llevaba 4 minutos en carrera. Miré el GPS y vi con asombro que había hecho esos primeros metros a 1:41 el 100, lejísimos de mi ritmo cómodo de nado, que yo preveía en 2:15/2:20.
Aunque aflojé un poco, acabé la primera vuelta de 1900 metros (me salieron más, claro, porque nado en zig-zag y me tuerzo como un alambre) en 42 minutos, a poco más de 2:10 el kilómetro, por encima de mis previsiones más optimistas. Y aunque creía que aflojaría la segunda vuelta, conseguí salir del agua en otros 43 minutos, 1:25 en total. 11 minutos menos que en Maastricht y 17 minutos menos que en Niza. Empezaba bien la mañana, mejor de lo esperado.

La T1 se me atragantó un poquillo, casi diez minutos, en parte por culpa del neopreno, que se enganchó con el chip del tobillo y tardó en salir. También debido a que tenía que comer y beber bastante antes de subir a la bici. Pero me reconfortaba ver que aún quedaban más de cien bicis pendientes de ser recogida, cuando lo habitual para mí era salir y coger una de las quince o veinte últimas bicis de las que quedaban.

El recorrido en bici tiene tres vueltas, la primera de 47 kilómetros rodeando el embalse, llegando a Vitoria y volviendo a la salida. Más ondulado al principio, con un par de pequeñas subidas, pero tendiendo a ser descendente en su primera parte; llano en los kilómetros que te llevan a Vitoria, y ascendente, con otra pequeña subida, hasta Landa. Esta vuelta la hice a buen ritmo, sin sobrepasar mi límite de pulsaciones salvo en los puntos más elevados de las subidas, y comiendo y bebiendo conforme a lo previsto.
La segunda vuelta es parcialmente coincidente con la primera, pero se alarga en 25 kilómetros. Las sensaciones fueron parecidas, a buen ritmo y bajando un poco la media en la subida de Vitoria a Landa. Como en algunos tramos había varios puntos de ida y vuelta en 180 grados por el carril contrario de la carretera, ya pude ir cruzándome con varios compañeros del club que habían salido, casi todos ellos, por delante de mí del agua. Es una gran alegría cruzarte con caras amigas durante el recorrido. Aunque también duele y preocupa cuando ves a alguno pasarlo mal, como me ocurrió con Toni y con Fénix, a los que adelanté en la bici y me dijeron que tenían problemas para continuar.

La última vuelta, de 61 kilómetros, coincide con la segunda, aunque termina al llegar a Vitoria. Esta fue la que más pesada se me hizo. Hacia el kilómetro 130 o 140 ya empecé a notarme cansado y bajé un poco el ritmo. Ya empezaba a pensar en la carrera a pie que llegaría luego, y no quería vaciarme del todo. Además, soplaba un viento medio lateral, en contra en algunos tramos, que hizo incómodos los últimos 30 kilómetros.

Finalmente, cuando vi a lo lejos que me acercaba al Fernando Buesa Arena, y que entraba ya en la ciudad, me dio un subidón, al comprender que iba a acabar la bici por debajo de las 6 horas y media, que era más o menos el tiempo más optimista de los que tenía previsto, ya que calculaba hacerlo entre 6 horas y media y 7. Al final fueron 6:26, y contentísimo, no sólo por acabar la bici mejorando en hora y media mis dos anteriores IM, sino por haberlo podido hacer sin percances. En Niza rompí un radio, una zapata del freno se me soltó y me fui al suelo en una curva. En Maastricht pinché, tardé más de media hora en cambiar y perdí ritmo y concentración. Esta vez no, esta vez todo salió como debía. Así que no pude evitar darle un beso a la bici, para regocijo de los voluntarios que la recogían.
Esta transición tampoco fue muy rápida, poco más de 7 minutos para cambiarme, comer y beber, proveerme de geles y sales, pasar por el aseo y volver a correr. Nada más salir a la carrera el primer disgusto, Fénix estaba ya duchado y cambiado. No había podido terminar el que hubiera sido su primer larga distancia por culpa de problemas en el estómago. Muy duro para él que fuera así. Tantas semanas de entreno duro, tantos madrugones, tantos sacrificios, tanta ilusión…a la basura por culpa de que esto que comes de repente te sienta mal; o porque alguien te roza en la bici y caes; o porque se te rompe la bicicleta, o un músculo dice que no aguanta más. Te hace plantearte si tanto sufrimiento merece la pena. Animo a Fénix, que seguro que lo intentará otra vez pronto, y a la próxima lo consigue sí o sí.

El circuito de carrera era de cuatro vueltas iguales, a lo largo de la ciudad, casi toda en zonas con sombra, lo que se agradeció mucho, porque, aunque ya eran las cinco de la tarde, aún hacía mucho calor. Lo cierto es que la carrera a pie es de lo más que orgulloso estoy de aquel día. Pude hacer corriendo todo el maratón, sin parar más que a beber de los vasos de papel de los avituallamientos y a comer los trozos de plátano que había preparados. Hasta ahora, mi aguante trotando no había pasado de los primeros 22 y 24 kilómetros, respectivamente, de los anteriores IM, a partir de los cuales alternaba correr -poco- y andar -mucho-. Sin embargo, en Vitoria, a un paso que sólo muy generosamente puedo calificar de trote cochinero, conseguí hacer corriendo todo el recorrido, con lo que ya puedo afirmar que he corrido entero un triatlón de larga distancia, que es algo que me hacía mucha ilusión.

Así, aunque fui bajando un poco el ritmo paulatinamente, y de empezar a 6:15/km acabé sobre 6:45/km, mantuve la constancia para darme el gustazo de hacer todo el recorrido corriendo. Algo que al principio pensaba que no lograría. Mi objetivo era llegar a la tercera vuelta en condiciones de acabarla corriendo y, si lo lograba, intentar aguantar lo máximo posible en la cuarta, aunque al final tuviera que andar un rato. Pero cuando me vi en el 35 sin haber parado, y con la posibilidad de bajar de 13 horas a mi alcance, decidí que iba a hacer todo lo posible por conseguirlo. Y, aunque debo reconocer que sufrí mucho, finalmente acabé en 12:54 por línea de meta, que oficiales eran 12:53. Alegrón enorme, incrementado por la suerte que tuve de que varios de mis compañeros se hubieran quedado a esperarme llegar; y, sobre todo, de que mi mujer y mis hijos también estuvieran allí para verme llegar, no roto y arrastrando los pies como el año anterior, sino -relativamente- entero, orgulloso, y feliz.

Así que gracias a Manu (con tiempazo sub 12), a Juan Cano (que corrió el Full en homenaje a un amigo fallecido, y que se va ahora a Maastricht a hacer un IM en dos semanas) y a Jesús (casi te cojo, si me dan 42 kilómetros más de carrera te pillo seguro), que acabaron el Full antes que yo y se quedaron a esperar la llegada del resto. Y también a Jordi, a Adrián y a los otros dos Cano brothers, que hicieron el Half -se van a Maastricht también al IM el 31 de julio- y esperaron horas a ver llegar al resto. Y también a Mariola, que también se acercó a la meta a recibir a todos los que llegaban después de terminar su Half. Y a Loli y a Marina, que bajaron al parque de La Florida, por donde pasábamos cuatro veces, a animarnos con sus familias cuando terminaron su Half, enhorabuena por los finishers respectivos!!
Así que, todos juntos, esperamos a que terminaran el resto de compañeros, uno detrás de otro. Richar y Grau, a los que pude pasar en carrera y aguantarles luego la distancia (que estuvieran tan cerca, viéndolos en cada giro, me sirvió para no aflojar nunca, sin ellos detrás apretando tal vez no habría bajado de 13 horas). Javi, que acabó en 13 horas el Full…semanas después de haber hecho el Ironcat en 12 hace pocas semanas (y ni siquiera es la primera vez que hace dos distancias IM con poco tiempo de diferencia). Paco, que se cascó el Full entero diez días después de ser operado en el dedo, todavía lleno de puntos (si no, hubiera bajado de 12 horas seguro). Y Toni, por el que temí después de lo mal que lo estaba pasando en la bici (tuvo un golpe en el gemelo al salir de la primera vuelta del agua y fue arrastrando el dolor todo el día; un grandísimo esfuerzo mental que tuvo la recompensa de poder acabar la carrera, el orgullo de conseguir las cosas que más esfuerzo cuestan es el que más tiempo permanece, enhorabuena a todos).

En resumen, que no puedo estar más contento de lo que lo estoy con la carrera. Mejoré mis expectativas en los tres segmentos, pude correr toda la maratón, no me hundí nunca a pesar de algún mal momento, y pude disfrutar con familia y amigos el alegrón de haber llegado a meta. Tuve ese punto de suerte que me faltó antes, nunca vacío de fuerzas, gracias a la alimentación diversa y organizada que llevaba (gracias otra vez, Manu), algo en lo que ahora me doy cuenta que fallé estrepitosamente en mis anteriores IM. Pero, sobre todo, estoy satisfecho porque, por primera vez, no termino una prueba de estas características sintiendo que estoy en un lugar que no me corresponde, que me he pasado de ambicioso y que este no es mi sitio. Debo reconocer que esos eran mis sentimientos después de acabar mis últimos dos IM. Qué haces aquí, esto no es para ti, ¿qué sentido tiene empeñarte en algo tan duro y acabar arrastrándote? Esta vez pude sentir que, aunque ni mucho menos puedo presumir de gran marca, sí puedo estar orgulloso de haber dado todo lo que podía, de haber reflejado lo que llevaba dentro, y de haber podido con la distancia, de haberme adaptado a ella y de haberme sentido dentro de la carrera durante las casi trece horas que duró. Seguro que vendrán días malos, que vendrán resultados decepcionantes. Pero ya nunca me quitará nadie la satisfacción que tuve en esos últimos kilómetros de carrera, cuando comprobaba que podía hacerlo, que iba a correr hasta el final, que iba a bajar de trece horas, y que al final estaría mi familia para abrazarme y para, por fin, poderme ver llegando feliz y orgulloso.

Para acabar, no quiero despedirme sin alabar al Triathlon Vitoria-Gasteiz, que me ha parecido una prueba de organización inmejorable, sin nada que envidiar, al contrario, cualquier triatlón “grande” de larga distancia. No sólo el recorrido y el entorno ayuda -correr por Vitoria es una gozada-. Es que el nivel de los voluntarios es espectacular. No es que te solucionaran cualquier duda o problema al momento, es que incluso se anticipaban a lo que les ibas a pedir, y se ofrecían incluso antes de que hiciera falta. Además, numerosísimos en todos los avituallamientos, transiciones y puestos de atención, siempre con una palabra agradable para el que estaba sufriendo. Si nunca me gusta criticar a los organizadores de las carreras, porque hacen una labor sin la que nosotros no podríamos salir a divertirnos ese día, en este caso no es sólo agradecerles que organicen una carrera y me den la posibilidad de practicar mi deporte. Es que lo hacen tan bien, y sobre todo con tantas ganas y tanta ilusión, que realmente merecen que sea destacado. Gracias a todos los voluntarios de esta gran prueba.

Y ahora, si es que habéis conseguido llegar hasta aquí -si mando este artículo a Jot Down, lo rechazan por largo-, ya no me queda nada más que decir que agradeceros a vosotros también que os hayáis interesado por leer estas experiencias, y por los ánimos que todos me habéis transmitido.

lunes, 10 de agosto de 2015

A POR MI SEGUNDO IRONMAN. II LA CARRERA

A punto

Aunque el despertador debía sonar a las 4.30, 15 minutos antes ya estaba en pie y desayunando. Antes de las 5.30 llegaba a la campa de salida. La cerraban a las 6.30, y la salida de los grupos de edad estaba prevista para las 7.10. Y aunque parezca mucho tiempo, la hora y pico que pasas preparando la salida no se hace larga ni mucho menos, al contrario, siempre falta algo de tiempo.

Primero es fijar a la bici toda la comida que vas a tomar durante ese trayecto –cuatro barras de Powerbar-. Luego hinchar las ruedas –ay, las ruedas-. Repasar frenos y cambios, aunque sea por encima. Acercarte a despedir a tus últimos fluidos corporales antes de ponerte el neopreno. Embutirte el traje, darte vaselina donde hay roce, guardar la ropa de calle en la bolsa correspondiente… A las 6.30 en punto terminé y me encaminé hacia la salida del segmento de natación.

El río Mosa



Nadamos en el río Mosa. Un río impresionante, no sabría calcular la anchura con precisión, pero yo creo que cerca de 300 metros sí que tiene. Ya el día antes impresionaba verlo desde arriba. Se trataba de llegar hasta una pequeña isla a 1500 metros desde el comienzo, hacer una salida australiana –es decir, salir del agua y volver a tirarte otra vez cerca, cruzando apenas 20 metros a pie-, nadar de vuelta 2000 metros más, pasando a la altura del comienzo, y girar de nuevo 180 grados en una boya para hacer los 300 metros restantes y salir por donde habíamos entrado.

Se apreciaba en el río la corriente, que fluía en contra del sentido en que nadaríamos los primeros 1500 metros, para luego tenerla a favor. Como nado bastante mal, suelo pasarlo regular en el agua, y aunque el neopreno es una ayuda inestimable, nadar contra corriente en un río –nunca había nadado en un río-, y sin la ventaja de flotabilidad del agua salada, me daba cierto respeto. A las 7.14 salté al agua desde una pasarela, en una salida escalonada que favorecía que no hubiera aglomeraciones al empezar, algo también de agradecer.



Ya desde el principio me sentí muy a gusto en el agua. El ritmo al que iba nadando se acercaba mucho al que yo me marcaba como objetivo más optimista, por debajo de 2:30/km. No notaba la corriente en contra, tampoco iba agobiado nadando entre mucha gente de la que pudieras llevarte un golpe. Todo iba bien. Cuando salí en los 1500 metros para volver hacia atrás, el GPS me marcaba 200 metros más de los que debería haber, lo que no es una gran desviación. Yo tiendo a desviarme mucho en mar abierto, y por lo tanto recorro siempre muchos metros de más. Al tratarse de un circuito señalizado y no excesivamente ancho, siempre tenía cerca una boya de referencia, lo que me ayudaba a nadar más recto.

La vuelta la hice prácticamente a la misma velocidad que la ida y me encontré con que conseguía terminar la natación en 1h:32’, un tiempo que hubiera firmado sin dudar en cualquier momento. Incluso, 10 minutos más también los hubiera firmado gustosamente antes de empezar. Salir del agua, mirar hacia atrás, y ver todavía mucha gente nadando me dio mucho ánimo.



El recorrido de la Amstel Gold Race

La transición fue tirando a larga, 10 minutos entre que llegas al punto donde tienes la ropa para cambiarte, te quitas el neopreno, te pones casco, calas, pulsómetro… y recorres los metros que te separan de la salida.

Los primeros kilómetros discurren suavemente, sin muchas dificultades, alguna ligera subida, alguna pequeña bajada, carretera generalmente en buen estado. Conseguí mantener un ritmo muy bueno para mí, superior a 28 km/h, cercano a los 29. Iba concentrado, con las pulsaciones controladas por debajo de 130 ppm. A partir de los 30-35 kms el recorrido cambia un poco. Se pasa por varias ciudades, el recorrido es más virado, incluso hay varias zonas de adoquines un poco incómodas. Y aparecen las dos primeras subidas más pronunciadas, aunque nunca de más de un kilómetro. Resulta más incómodo el callejeo por varias urbanizaciones y centros de la ciudad, con giros de 90 grados muy frecuentes y con zonas de adoquín, que las subidas. Pero, en cualquier caso, ya resulta un poco más complicado mantener el ritmo. Aún así, seguía por encima de los 28 km/h.

El último tercio de la carrera es más complicado. Ahí está la subida a Cauberg Hill, la más complicada de la carrera, cuando quedan poco más de diez kilómetros para la llegada. Son casi dos kilómetros, de los que el más complicado es el primero, con porcentajes de entre el 12 y el 13%. A partir de los 800/900 metros, aunque la subida continúa, suaviza muchísimo, y se lleva sin ningún problema. De hecho, sólo la segunda vez que se sube, cuando ya llevas 170 kilómetros en las piernas, es más dura. Ahí sí vi algún ciclista andando empujando la bici. Pero lo cierto es que para mí, que no soy ni mucho menos un escarabajo subiendo, no fue nada dura.



Después de la subida ya quedan diez kilómetros, con una pequeña rampa, pero en franco descenso, que hace que se llegue a Maastricht para acabar los primeros 90 kilómetros muy rápidamente. Aunque, eso sí, pasando por un tramo de cerca de un kilómetros de pavés, a la entrada a la ciudad, realmente desagradable.

Cuando pasé por la línea de meta, llevaba 3 h 21’ y, según mi GPS, había hecho 3 kilómetros de más. Aunque la velocidad me había bajado un poco en esa última zona, todavía llevaba un envidiable –para mí, obviamente- 27,4 km/h de media. Llevaba ya 5 horas de carrera, y empezaba a hacer mis cálculos razonables, más bien cuentos de la lechera, de que podría estar sobre las 14 horas para acabar. El agua me había salido bien, en bici iba también por encima de mis previsiones con unas pulsaciones sostenidas más que razonablemente en las 130 ppm. Todo era optimismo a las 12 del mediodía del domingo 2 de agosto. El recorrido me había parecido bonito, con la exuberancia vegetativa de esa zona, había visto ya más vacas que en toda mi vida y, aunque se publicitaba el recorrido como coincidente con el de la Amstel Gold Race, la clásica ciclista, lo cierto es que me no me pareció duro en absoluto. La dureza la iban a ponerla factores, digamos, propios.

Empecé la segunda vuelta como la primera, controlando pulsaciones y aprovechando las rectas para recuperar un poco la media. Sabía que no iba a poder hacer la segunda vuelta a la misma velocidad que la primera, pero sí esperaba llegar a la zona de las últimas subidas con una media cercana a los 27 km/h, de manera que al final estuviera sobre los 26, para hacer 7 horas peladas.

Sin embargo, todos mis planes, todas mis previsiones, todas mis buenas sensaciones, todo mi optimismo e, incluso, todas mis ganas de acabar, se fueron al traste hacia el kilómetro 100 de carrera. En una pequeña subida pinché. Bajonazo tremendo. Un pinchazo no tiene por qué ser un gran problema, en 8-10  minutos da tiempo de sobra a cambiar la rueda y reanudar la marcha. Pero no fui capaz.

Este año no había sufrido ni un solo pinchazo en todas las salidas que he tenido.  Hasta que hace tres semanas tuve el primero del año. Pensé, bueno, mejor que haya sido hoy. Un alambre perforó la cubierta, así que con temor a que el agujero se fuera haciendo más grande, fui a cambiar la cubierta. En el taller me dijeron que además de la cubierta estaba mal el fondo de llanta, y también lo cambiaron.

El día que fui a recoger la bici del taller, donde también le dieron un repaso, salí a dar una vuelta. Cuatro pinchazos en 8 kilómetros. El fondo de llanta que me habían cambiado iba mal, se movía, pellizcaba la cámara, y se pinchaba. Vuelta a cambiarla, y revisión de la cubierta, por si era culpa de la cubierta, que era muy profunda. La probé dos veces antes de salir para Holanda, y ninguna de las dos me dio problemas.

El caso es que no sé si tuvo algo que ver con esos cambios, pero en carrera volví a pinchar. Con el problema de que la cubierta nueva, efectivamente, era muy profunda. No la había cambiado hasta ese momento. Y comprobé entonces que me costaba mucho sacarla. Me estaba destrozando los dedos y no conseguía sacar la puta cubierta. Después de muchos esfuerzos, de dos cortes en los dedos, y de ponerme cada vez más nervioso, conseguí quitar la cubierta, cambiar la cámara, hinchar la rueda y salir de nuevo a rodar.

Cuando miré el tiempo que había perdido, se me vino el mundo abajo. Más de 25 minutos. Me habían pasado no menos de 60 personas en ese rato. Me entró una desolación tan profunda que se me quitaron las ganas de seguir. Sé que hacer media hora más o menos, tardar 14 ó 15 horas es poca cosa. Que no tiene importancia, frente al logro de conseguir terminar. Pero de nada sirven los razonamientos cuando llevas cinco horas a solas haciendo cálculos y, de repente, ves que te quedan diez más para seguir rumiando tus desgracias. Me hacía ilusión mejorar mi tiempo de Niza y me veía capaz de acercarme a las 14 horas, con fuerzas, me motivaba mucho. Y aunque 14 horas es un tiempo tan sumamente mediocre en un Ironman como 15, para mí sí que significaba mucho. Y veía que se me había escapado la posibilidad. Incluso me veía fuera de carrera sin poder remediarlo.

Debo reconocer que me viene abajo estrepitosamente. Más que físicamente, me hundí mentalmente. No fui capaz de volver a encontrar la concentración para recuperar el ritmo. Alternaba fases de ligero ánimo, de aún estas en carrera, vamos, con otras de no voy a ningún lado, para qué seguir sufriendo si antes o después voy a volver a pinchar y ahí se acaba todo definitivamente. Realmente, estaba convencido de que antes o después volvería pinchar y no podría terminar. Cuando cambias la rueda, le das aire con la bomba manual de la bici, y eso no te permite meterle mucha presión. Me tocó parar otras tres veces para darle aire a la rueda, me daba la impresión de que perdía aire de lo floja que iba. Parada, arrancada. Parada, arrancada. Y mientras, dándole vueltas a mi desgracia.

Lo cierto es que esas 4 horas en bici fueron muy duras. Toda la carrera, hasta los últimos 30 minutos, lo fue. Iba con la neurosis de que volvería a pinchar pronto, y veía que no conseguía mejorar la media de rodaje y que iba a hacer un tiempo desastroso. Y, sobre todo, tenía la sensación de que iba a ser inútil, de que todo iba a ser en vano, que a cinco, diez, quince kilómetros de llegar volvería a pinchar y todo acabaría.

No sé ni cómo aguanté esas cuatro horas. Saber que mi familia me esperaba en la llegaba a la bici, y que esperaban verme entrar en meta, fue mi único horizonte. Si ellos no hubieran estado, creo que habría abandonado. Tal era mi desánimo. Ye eso que no nunca he abandonado una carrera: en diez años corriendo maratones, medias, Ironman y Half, nunca dejé a medio a una carrera. Pero creí que ésta iba a ser la primera. Pero conforme iban pasando kilómetros, empecé a recuperar un poco la esperanza, aunque o hasta que no entré en las calles de Maastricht al final de la segunda vuelta no tuve la certeza de que iba a poder acabar el recorrido en bicicleta.

Al final, 7h59’ en los 180 kilómetros, a menos de 23 km/h, muy lejos de que esperaba. Con el tiempo empleado en la transición, hizo que empezara a correr a los 42 últimos kilómetros con poco menos de 10 horas transcurridas. Las últimas 4 y media, muy duras. Física y, sobre todo, mentalmente.



El maratón

Ya desde el principio me di cuenta de que tampoco iba a ser mi día en la carrera. Salí a correr sin ningunas ganas, al contrario de Niza, donde me bajé de la bici con ganas de comerme la carrera, y al menos los primeros kilómetros los hice muy ilusionado. En Maastricht me di cuenta de que lo que me quedaba por delante era tan duro, o más, como lo que había pasado.

El recorrido de carrera no es muy atractivo. Se recorren unos pocos kilómetros paralelos al río, pero en una zona despoblada de gente. Después se sube una pequeña colina a través de un parque para, después de callejear un poco, volver a afrontar una subida muy exigente, de cerca de 300 metros, aunque parezcan 3000. Se pasa por una zona urbanizada para, al final, hacer poco más de un kilómetro por un camino rural despoblado, hasta llegar a un punto con giro de 180 grados, que marca 7 kilómetros desde la salida. De ahí, vuelta por un recorrido en paralelo hasta casi el final, donde nos desviamos por las calles del centro, de un empedrado insufrible para los pies, pasando junto a la meta. Momento en que se cierra la vuelta de 14 kilómetros. Y quedan otras dos, obviamente.

El recorrido no es el más favorable. Y tampoco el más agradable, sobre todo si eres de los últimos 25 o 30 que quedan en carrera en la última vuelta y te pasas casi la mitad del tiempo corriendo solo en zonas con poca, o incluso con ninguna, iluminación. Lo único favorable era el magnífico público que cubría algunos puntos del recorrido. Lo cierto es que la mayor parte del recorrido se hacía desprovisto de gente. Pero allí donde se agrupaba, lo cierto es que resultaba un apoyo muy de agradecer. Gente que no se limitaba a ver pasar a los corredores, sino que animaban de verdad, gritaban, sentías que te apoyaban. Y que, además, esperaron hasta el final. Me resulta especialmente de agradecer que todavía quedara gente que te llamaba por tu nombre hasta el final, en las zonas más apartadas del circuito. También muy destacable la labor de los voluntarios de los avituallamientos, muy animosa y agradecida. El único punto en contra es que se concentran 6 ó 7 puestos entre el kilómetro 3 y el 9 de cada vuelta, aproximadamente, y luego se pasan muchos kilómetros con único avituallamiento, el cercano a meta.

La primera vuelta fue medio decente. Conseguí correr, aunque muy despacio,  parando sólo en alguno de los avituallamientos a beber y comer algo. Pero cuando pasé el medio maratón, en la mitad de la segunda vuelta, fue como si me hubieran frenado en seco. Me quedaban aún 20 kilómetros y apenas podía hacer poco más que andar. Tenía unos calambres horrorosos en los cuádriceps, no sé si las paradas y arrancadas en la bici me afectaron, pero lo cierto es que me dolían mucho las piernas. Llegué muy retrasado al final de la segunda vuelta y, honestamente, no me vi capaz de dar la tercera entera. 14 kilómetros me parecían mucho más de lo que podía aguantar. Cuando vi a mi familia me derrumbé, no podía seguir. Por suerte, mi mujer no me dejó. Ni se te ocurra, si hace falta vamos al lado de ti, pero no te sales ahora ni de broma.



No les dejé acompañarme, claro, pero aunque lo intentaba, no podía correr más de 200 metros seguidos. Estaba exhausto. No podía más. No creía ni poder acabar antes de las 16 horas –el tiempo máximo para finalizar estaba en 17 horas-. Y así fui hasta que, no sé cómo, en el kilómetro 33, después de parar a orinar, de repente me di cuenta de que podía correr. De que las piernas me respondían. Y empecé a correr de nuevo. Hice casi 9 kilómetros de tirón sin parar, y al mejor ritmo por vuelta desde que empecé. Me salieron kilómetros a menos de 6 minutos, cerca de 5’40’’, cuando al empezar a correr iba a cerca de 7’. Pasé a varios corredores en ese rato, que se arrastraban tan destrozados como lo estaba yo minutos antes. Y creo que incluso disfruté un rato para acabar la carrera, cuando empecé a comprender que, aunque no iba a poder acercarme a esas 14 horas que esperaba, incluso que no podría bajar el tiempo de Niza, sí que iba a poder acabar la carrera y ser finisher de nuevo. Y, además, que iba a hacerlo corriendo y siendo consciente de lo que me pasaba en cada momento. Y de que mis hijos me iban a poder ver entrar en meta por fin, ya que en Niza no estuvieron. Al final, 5h51’ de sufrimiento en el maratón, y un tiempo total de 15h42’, 16’ peor que en Niza.



Además, pude cumplir la promesa de entrar en meta del Ironman con la bandera del Elche. Aunque la foto no se ve muy clara, podéis creerme, fue así. Por lo menos, creo que puedo presumir de ser el único que ha entrado en meta de un Ironman con la bandera del Elche. Y, claro, siempre tengo el orgullo de haber sido el primer ilicitano en haber acabado el Ironman de Maastricht. Aunque sólo sea porque esta fue la primera edición, y yo era el único ilicitano que corría.




En resumen, ésta es la crónica de mi carrera. No puedo negar que he acabado con una sensación agridulce. Ya que aunque conseguí sufrir y terminar, no lo hice de la manera en que esperaba. De momento, no tengo previsto hacer más Ironman. Me dejó muy mal sabor de boca la desolación que sentí con la avería. Más que enfado, fue una sensación de desamparo muy grande. De no depender de mí mismo en exclusiva, de estar siempre a expensas de una avería, de una caída, de cualquier cuestión externa que te deje sin poder pelear por el objetivo por el que estás entrenando un año. Y lo cierto es que no me gustó. Así que abro un periodo de reflexión para ver hacia donde me encamino la temporada que viene. Se admiten sugerencias.

martes, 28 de julio de 2015

A POR MI SEGUNDO IRONMAN. I LA PREVIA

Ya estamos otra vez aquí. Un año y un mes después, y a punto de salir para Holanda a disputar el que será mi segundo Ironman. Como esta vez ya estáis sobre aviso, todo podrá ser más breve. Y me limitaré a hacer una entrada pre-carrera y otra post-carrera. Así que de eso va esto, de contar historias, reflexiones y demás previamente a que me embarque en mi segundo Ironman.

La decisión

Cuando terminé el Ironman de Niza tenía firmemente decidido que sería el último que haría. Never again. No me vuelven a pillar a mí por aquí ni harto de vino. A la mañana siguiente las cosas ya se veían con más perspectiva. A lo mejor en unos años, con más tranquilidad… Al volver a Elche ya empecé a pensar en esta carrera, quizá la otra. Al final, opté por el IM de Copenhague, en agosto, porque esta vez me apetecía ir con la familia y pasar unos días después de vacaciones. Pero cuando fui a inscribirme, en octubre, ya estaban agotadas las inscripciones –abiertas dos semanas antes-. Las opciones eran menores y me inscribí en Zurich, el 19 de julio. Estábamos en octubre.



Sin embargo, en diciembre abrieron un Ironman nuevo, en Maastricht, el 2 de agosto. Me venía mejor la fecha, ya que después podía coger vacaciones con más tranquilidad que en Zurich, y trasladé la inscripción a esta prueba. Así que quedó definitivamente cerrado, hace apenas tres meses, que el objetivo sería Maastricht el 2 de agosto. Un Ironman en el que se nada en el río Mosa, luego el circuito de bici discurre parcialmente por el recorrido de la Amstel Gold Race, mayormente plano pero con dos subidas a Cauberg Hill, cortas pero con desniveles del 12 y el 13%, y finalmente una carrera a pie de tres vueltas por Maastricht, llena de repechos. Después pasaremos unos días por la zona, que está al lado de todo: Bruselas, Brujas, Amsterdam… ¡Incluso de Bastogne! a donde pienso ir sí o sí (vease Hermanos de Sangre para entenderlo).

El entrenamiento

Empecé en septiembre la preparación, con tiempo por delante y centrándome al principio más en la carrera a pie, que fue donde peor lo pasé en Niza. Corrí la media de Santa Pola primero, y de Elche después, haciendo mi mejor tiempo hasta hoy, en diez años corriendo medias maratones. A final de marzo hice el primer triatlón de la temporada, el de distancia olímpica de Elche, disputado en Arenales. Aceptablemente en el agua, bien en la carrera, pero mal en la bici. Un mes después fui a Jumilla, a un Half, y tres cuartos de lo mismo. Aunque rebajé más de media hora mi tiempo en el Arenales 113 del año pasado, no pude acabar contento. Pasable, tirando a flojo en el agua, mejor en la carrera a pie, pero desastroso en la bici. Lo cierto es que este año, hasta esa fecha –final de abril- había hecho menos bici, y sobre todo menos salidas largas, que el año pasado. Al no haber tantos compañeros del club preparando Ironman este año, he tenido muchos más entrenamientos solitarios. De los más duros de este año, sin duda, la media maratón de Almansa en transición, con 130 kilómetros de bici a un ritmo muy duro para mí, que luego pagué en una carrera con mi peor tiempo de siempre en media (curioso, en cuatro años he batido mi mejor y mi peor marca en media maratón). También una tirada larga a Aguilas en bici, 152 kilómetros a final de junio más 10 de carrera al llegar, con mucho calor.



En conjunto, he entrenado menos que el año pasado. 260 días de entrenamiento este año frente a 273 el pasado. 295 sesiones de entrenamiento frente a 321. 130 kilómetros de natación frente a 180. 3200 kilómetros de bici frente a 4600. Y 1100 de carrera a pie, frente a 1050 el año pasado. En conjunto, menos horas, menos entrenamientos, menos distancia. También debo decir, en mi descargo, que pasé un par de meses un tanto complicados a nivel personal con una mudanza y muchas horas perdidas para entrenar en el proceso.

A pesar de lo cual, y lógicamente, me encuentro este año mejor que el pasado en conjunto. Ya que ese entrenamiento ha sido sobre la base del que hice el año pasado, en el que en bici y en natación empezaba de cero. Y, paradójicamente, a pesar de entrenar menos, me siento psicológicamente más cansado que el año pasado. Llego muy agotado, y con muchas ganas de correr. El domingo veremos.

El Ironman

Antes de despedirme querría hacer unas reflexiones acerca de lo que significa para mí enfrentarme a esta prueba. La gente con la que hablo sobre esto –y que no está también metida en el triatlón-, se divide en dos grupos: los que me dicen eres gilipollas, cómo se te ocurre hacer eso, te vas a matar; y los que no lo dicen, pero lo piensan. Creo que es casi unánime, fuera de la gente que se dedica a esto –y entre la que hay muchos, también, que te miran por encima del hombro cuando confiesas tus miserables tiempos, que dan apenas para pasar los cortes-, pocos entienden el por qué de esta opción. Intentaré explicarlo. A lo mejor, mientras lo hago, también acabo entendiéndolo  yo.



Un día de esos de entrenamiento largo en solitario, empecé a pensar que hacer un Ironman me ha cambiado la vida. Es decir, me ha modificado el carácter. Luego lo he consultado con gente cercana, y me ha dicho que sí, que piensa que es cierto, que he cambiado un poco. Creo que ahora veo las cosas de otra forma. Me he vuelto, tal vez, un poco más paciente, más tranquilo. Siento que soy capaz de relativizar determinadas cuestiones que antes no podía, que me enfrento a cualquier situación de una manera diferente. Tal vez no sea así, y sea sólo una percepción mía, distorsionada por mi subjetividad. O tal vez sea cierto, y sí que me ha modificado el carácter. No lo sé. Estar después de cuatro horas, cuando el sillín empieza a doler en el culo, pensando, aún quedan otras once horas de sufrimiento por delante… tiene que afectarte en algo, me parece.

Pero quiero creer que enfrentarme a este reto, y superarlo –pase lo que pase este año, en Niza ya demostré que era capaz de terminar, a pesar de todo-, me ha dado un punto de vista distinto sobre ciertos procesos vitales. Toma de decisiones, reacción frente a dificultades, pragmatismo a la hora de valorar opciones… En cualquier caso, así lo siento yo.

Cada uno se enfrenta a sus demonios interiores a su manera. Hay quien consigue dominarlos trabajando catorce horas al día. Hay quien lo hace a través de hobbies absorbentes, en los que encuentra la felicidad que no le da otros aspectos de su vida. Hay quien se refugia en el alcohol, o en la droga, para no enfrentarse a ellos. Quiero pensar que yo he encontrado la forma de tenerlos controlados mediante la extenuación física, mediante el sometimiento del propio cuerpo a un nivel de exigencia fuera de lo corriente. A mí sí me ha servido personalmente.


En cualquier caso, y como me dijo mi amigo Kiko un día, si alguien te pregunta por qué haces Ironman dile: “Es una forma de vida. A eso no podrán responderte y se acabará ahí la cosa”. Así que, así lo hago. Es una forma de vida.

viernes, 6 de marzo de 2015

Sobre la propuesta de micro aportaciones al Elche CF

Al hilo de la propuesta formulada por el ex consejero del Elche, Francisco Borja, para solucionar los problemas financieros del Elche, a través de pequeñas aportaciones realizadas por una multitud de nuevos accionistas, no he podido dejar de plantearme si sería o no viable. Y he recordado un caso que podría asimilarse a esta posibilidad, y del que tal vez podríamos extraer consecuencias que ayudaran a hacer viable la propuesta. El de los Green Bay Packers, equipo de fútbol americano.

En la NFL (la liga de fútbol profesional americano los equipos son propiedades privadas, en manos de multimillonarios. Los clubes deportivos son franquicias en ligas cerradas, en las que se participa poseyendo una de las licencias que cada una de la liga concede. Hay, sin embargo, una excepción en este sistema: los Green Bay Packers. Con sus 104.000 habitantes, la ciudad de Green Bay, en el estado de Wisconsin, es la ciudad más pequeña de Estados Unidos de entre todas las que tienen un equipo en las ligas profesionales. Incluso, sumando toda su área metropolitana, apenas alcanza los 200.000 habitantes. Menos que el municipio de Elche. Aun así, su estadio lleva colgando el “no hay billetes” en sus taquilla desde hace cuarenta años. Y la lista de espera para conseguir un abono está, actualmente, en veinte años.

A pesar de contar con éste hándicap, los Packers no son un equipo pequeño. Al contrario, son el equipo con más títulos de la historia del fútbol americano. En su palmarés lucen nueve ligas y cuatro Super Bowl, incluyendo las dos primeras que se disputaron bajo esa denominación, en 1966 y 1967. Pero, más allá de los éxitos deportivos, si hay algo que define a los Packers es que se trata del único equipo profesional del país cuya propiedad recae exclusivamente en los habitantes de su propia ciudad.

Fundada en 1919, es una empresa sin ánimo de lucro cuyas 5 millones de acciones son poseídas por más de 360.000 dueños. Hasta la última ampliación, estos eran en su gran mayoría, habitantes de la ciudad, aunque en la última ampliación de capital han accedido muchos no residentes, atraídos por motivos sentimentales. El reparto se asegura limitando la posibilidad de poseer acciones a un máximo de 200.000 títulos por accionista. Todos estos accionistas designan a un comité ejecutivo de siete personas, que no perciben un sueldo por su función. Los accionistas, en realidad, no toman decisiones en el funcionamiento diario del club, pero sí pueden someter a escrutinio la gestión del Comité, controlando sus cuentas. Ya que, en consonancia con esta peculiaridad, los Packers son la única franquicia americana que está obligada a hacer públicos sus libros contables.

De todas formas, los accionistas, que no reparten dividendos (todos los beneficios se reinvierten en el club), tienen claro que la denominación de acciones de sus títulos es más formal que real. Es decir, más que una inversión, la compra de participaciones es una aportación. Aportación que, por otro lado, ni siquiera asegura un abono, ya que el accionista no tiene preferencia sobre el no accionista a estos efectos.

En la última emisión de acciones, a pesar de todo esto, no hubo problemas para vender todos los títulos. Fue la quinta de la historia de la entidad, lanzada en el año 2011 y concluida en febrero de 2012. Las acciones costaban 250 dólares y, de nuevo, la ampliación de capital fue un éxito. Existió una demanda más que suficiente para cubrir la oferta. Se vendieron en total casi 269.000 acciones. Al final del proceso, existían 250.000 nuevos accionistas, de manera que hoy son 360.584 los propietarios del club, que se reparten un total de 5.044.557 acciones. Ya no son exclusivamente los ciudadanos de Green Bay, sino que se ha aprovechado el tirón romántico de ese sistema de propiedad y se han recibido peticiones de todo el mundo. Lo que ha desvirtuado en parte su condición de equipo propiedad de la ciudad pero, como contrapartida, ha reforzado su estatus de caso especial y ha asegurado su viabilidad económica. Con los ingresos de la última ampliación de capital se financiaron, por ejemplo, las obras de ampliación del Lambeau Field, su estadio, por más de 60 millones de dólares.

El régimen de propiedad de los Packers constituye una sorprendente excepción en el mundo del deporte profesional americano. No tiene un dueño, tiene 360.000 dueños. Una gigantesca empresa que celebra sus Asambleas anuales en el propio estadio. Y en el que, indudablemente, los aficionados toman parte por motivos sentimentales y no económicos o incluso medianamente racionales. Nadie espera obtener, de una inversión que como mínimo es de 250 dólares (unos 220 euros), otra cosa que la satisfacción personal de ser propietario de un equipo de football. De participar de ese proceso romántico de ser dueño de un equipo diferente al resto.

Hasta donde yo conozco, ésta es la única experiencia de copropiedad plena de clubes deportivos al máximo nivel competitivo, en un deporte mayoritario, que conozco. Se han producido experiencias similares en clubes de menor nivel, equipos de fútbol de ligas menores. Tal vez la experiencia que más cercana nos resulte la del Real Oviedo, que inició una campaña similar, que tuvo mucha repercusión mediática. Como resultado, ahora el 40% del capital social está en manos de pequeños accionistas. Pero era un equipo de Segunda B cuando se acometió, y el importe desembolsado por estos pequeños accionistas fue de dos millones de euros. Nada que ver con los Packers. Ni tampoco con lo que ahora demanda el Elche.

Ahora bien, ¿sería este modelo trasplantable, o asimilable, al Elche CF de alguna manera? Esa ya es una cuestión mucho más difícil de determinar. La estructura jurídica de la entidad sería similar al que ya se aplica a la SAD actual: accionistas propietarios de una entidad deportiva. Pero la filosofía, el espíritu, debería ser completamente diferente. ¿Sería posible generar ese compromiso ciudad/equipo? ¿Ese valor añadido sentimental que haga primar el orgullo de ser propietario de tu equipo al riesgo del desembolso económico? A priori, es necesario reconocer que existen varias diferencias que alejan un modelo del otro.

· Este sistema se encuentra en el origen mismo de la sociedad deportiva en el caso de los Packers. Nació, hace ya casi 100 años, como una empresa propietaria de un equipo. Por lo que partía de cero. Todo lo que se hiciera, bien o mal, en la gestión del equipo, era resultado de sus decisiones. Eso no sucede en el caso del Elche, en el que se trataría de un proyecto que nacería lastrado por unas deudas de ¿40? millones de euros, fruto de una gestión que, con este resultado, es imposible no calificar de desastrosa.

· La inversión (más bien la aportación a fondo perdido, como una cuota de ingreso) en el caso del deporte americano asegura que siempre se corresponderá con la propiedad de un equipo que compite al máximo nivel deportivo. Algo que no se puede asegurar en el caso del Elche CF, que podría descender en cualquier momento, devaluando el valor de la sociedad.

· Desde el inicio, el ciudadano de Green Bay asumió que, sin ese desembolso, si ellos mismos no se decidían a formar esa sociedad, la ciudad no tendría a un equipo de football que compitiera en la liga que se iba a crear. Es decir, decidió tener un equipo y adoptó las medidas necesarias para conseguirlo. Eso es algo que en Elche no se produce, puesto que ya tenemos equipo. Siempre lo hemos tenido. Y ha sido así sin tener que hacer, colectivamente, la inversión necesaria para tenerlo. Hemos disfrutado, y seguimos disfrutando, de fútbol al máximo nivel sin tener que correr, realmente, con el gravamen de mantenerlo. No porque no haya existido, sino porque, hasta este momento, otros han corrido con esos perjuicios. Empresarios que un día decidieron asumir el destino del club, y que aportaron patrimonios personales, y dedicaron tiempo a que así fuera. No nos engañemos. El 99% de los aficionados del Elche no hemos soportado grandes inversiones para que el Elche CF siga vivo. Pero no porque no se hayan tenido que hacer, sino porque han sido otros los que han corrido con la cuenta de los gastos. Y nos hemos acostumbrado a ello. Tanto que, incluso, nos permitimos el lujo de pedir a todos y cada uno de los que han ostentado responsabilidad en el club, ahora, hace un año, hace cinco o hace veinticinco años, que, en momentos de dificultad, económica o deportiva, aporten más dinero de su bolsillo para que el club siga vivo. Como si la solución a las crisis periódicas fuera que otros nos pagaran el fútbol de los domingos. Tanto que, incluso, cuando alguien que ha personalizado esta aportación a fondo perdido en el club en su máxima expresión, pide que el esfuerzo se reparta entre todos, nos permitimos el lujo de criticarlo, de acusarlo, e incluso de hacer burla de la propuesta.

Como resultado de todo ello, mi percepción personal es que nos encontramos con dos inconvenientes que, en este momento, parecerían insalvables para que esta fórmula, o alguna que se le asemejara, fuera viable:

1) La desconfianza. A corto plazo, en este Consejo. A largo plazo, tal vez en cualquier Consejo, viendo el resultado económico que han dado todos y cada uno de los Consejos que, desde que se creó la SAD, han existido. ¿Quién va a querer meter dinero en el club si lo siguen gestionando quienes dijeron que preveían ganar 8 millones de euros en un año, y al final no sólo no los ganaron, sino que perdieron otros 8? ¿Quién va a entregar su dinero a aquellos que señalados incluso por la patronal de la Liga como autores de diferentes irregularidades? ¿Quién, en resumen, va a aceptar invertir en una empresa llevada a la quiebra por sus gestores, mientras estos gestores continúen? Absolutamente nadie. Hoy en día, creo que podemos asegurar con total certeza que una aportación económica de apoyo a la actual dirección del club es de todo punto imposible.

2) En segundo lugar, el propio problema económico, aportar un dinero del que, más en esta situación económica de crisis que padecemos, es evidente que no todo el mundo dispone. No se trata sólo de que la aportación, diluida en más o menos meses para ser devuelta, sea de mayor o menor importe. Se trata de reconocer que, en un momento en el que muchas familias se han visto forzadas a privarse de muchos más gastos de los que hubieran pensado alguna vez, el propio concepto de efectuar un desembolso para algo tan etéreo como financiar un equipo de fútbol (ni siquiera sacar el abono para ir a ver los partidos, que es algo más tangible), más allá de que sea por mayor o menor importe, parece algo difícilmente asumible desde un punto de vista moral.

Así las cosas, ¿habría alguna forma de salvar esos dos escollos? ¿O la situación es irreversible y ésta será una vía muerta? Cualquier posible viabilidad de una figura de este tipo debería partir de una serie de puntos de partida, en mi opinión:

1. Recuperar la confianza en los gestores. Es imprescindible que se vuelva a generar confianza en el potencial aficionado para que tan siquiera sea capaz de plantearse participar en el proceso que se abriera. Es un presupuesto ineludible. Y esta recuperación sólo podría partir, a mi juicio, de la dimisión del actual Consejo de Administración y el nombramiento de una gestora que fuera la que dirigiera el proceso a abrir a continuación. Veo imposible que, sin credibilidad en quien deba hacerse responsable del proceso, alguien pueda confiar en él. Y la credibilidad de los actuales dirigentes es inexistente. Por eso, el primer paso sólo podría ser la sustitución de estos representantes, nombrando a un grupo de personas que cuenten entre la masa social blanquiverde del suficiente prestigio como para que se pueda confiar en ellos para este proceso, que debe concluir con la reestructuración del club. Gente nueva, fresca, sin ataduras con procesos anteriores. Con capacidad de gestionar el proceso de transición del club. No podemos ser tan ingenuos como para desconocer que la desaparición de la cabeza visible de la entidad sería un salto hacia el abismo, antes de saber si tenemos paracaídas. Pero, ¿no estamos ya dos pasos más allá del borde del precipicio? ¿No hemos rebasado ya, hace tiempo, la última barrera de seguridad que evitaba que nos despeñáramos? Tal vez esta medida sólo acelerara un proceso que ya es inevitable, no puede desconocerse el riesgo. Pero, si queremos conseguir grandes cambios, debemos empezar por cambiar, desde el principio, lo más grande. Para, a continuación, seguir de arriba abajo, y no al revés. A continuación, auditar las cuentas del club antes de iniciar un proceso de regeneración. Exponer de verdad hasta dónde llega la enfermedad. Sin conocer qué órganos están afectados y qué funciones están impedidas es imposible aplicar medidas que permitan curarnos. No es posible esperar que nadie recupere la confianza en la entidad si no existe un conocimiento pleno de la situación en que se encuentra realmente, y eso sólo puede conseguirse publicando su información y haciéndola accesible a todo el mundo. Nadie se arriesgará a invertir en la curación del enfermo si antes no sabe qué le pasa. Y, con ello, diseñar un plan para reestructurar la Sociedad íntegramente, y cambiar su sistema de funcionamiento.

2. Movilizar el sentimiento. Nadie va a arriesgar un solo euro de su patrimonio, tenga muchos o tenga pocos, en un equipo de fútbol pensando en un hipotético beneficio futuro. Si esta operación tiene alguna vez éxito, éste sólo podrá venir guiado por la recuperación del sentimiento de ser únicos. De ser únicos hoy como ya lo fuimos antes. Creo que esa es la única llave hacia la viabilidad de un proyecto de esta envergadura. El orgullo. El orgullo de estar protagonizando un proceso de popularización de una sociedad deportiva de alto nivel que no tiene comparación en el mundo del deporte profesional en Europa. El orgullo de saber que somos diferentes. El orgullo de conseguir aquello en lo que todos los demás han fracasado. ¿Cuántas SAD surgieron con la voluntad de que fueran los pequeños accionistas los que tomaran el control de la Sociedad? Prácticamente todas han apelado a ese sentimiento. ¿Cuántas lo han conseguido? Ninguna. El orgullo de ver que mientras en nuestro alrededor las aficiones ni están ni se las espera mientras el club se muere (Alicante), o sólo reaccionan cuando ya es tarde (Murcia), nosotros, los aficionados, pudiéramos ser capaces de salvar al club. El orgullo de ser, de verdad, propietario de tu equipo, y no un accionista perdido, un número en una asamblea general. El orgullo, en definitiva, de ser el primer club de fútbol del mundo controlado de verdad por sus aficionados. A todos se nos llena la boca hablando de la Cooperativa, o de la Asamblea del Gran Teatro pero, ¿qué papel real tuvo la afición en esos dos procesos de los que tanto nos gusta presumir? En el primero de ellos, ninguno. Fueron los propios futbolistas y los directivos de la entidad los que idearon la fórmula y los que arriesgaron su trabajo para salvar al club. La afición miró desde fuera. Y en el segundo, la afición sí catalizó el proceso, asistió masivamente a la Asamblea, aclamó a sus líderes… Pero fue una persona concreta, encabezando el proceso, apoyado por un grupo reducido de acompañantes, los que corrieron con la factura. De nuevo, el aficionado de a pie no sufrió el gasto. Buscó a alguien que lo hiciera, y tuvo la fortuna de encontrarlo. Creo que ya está bien de mirar siempre hacia otro lado cuando las cosas vienen mal dadas. De buscar al político de turno. Al empresario de turno. De buscar que sea otro el que ponga el dinero y la cara para que se la partan (y a fe que les hemos partido una cosa y la otra a todos los que por aquí se han asomado). Es hora de asumir que, o apechugamos de verdad, y demostramos eso de lo que tanto presumimos, o nos quedamos sin Elche CF. Hasta ahora nos hemos limitado a mirar, a pagar el abono, a aplaudir o a silbar. Ya ha llegado el momento de que hagamos algo más. Y se tiene que acabar el rencor. El razonamiento de yo no pongo mi dinero para salvar la debacle que han creado otros. Porque ese razonamiento resulta tan discutible como suicida. Yo no lo pongo. Tampoco va a venir nadie a ponerlo. Y el que lo ha perdido creo que es más que evidente que tampoco lo va a hacer. Entonces, ¿qué nos queda? La desaparición. Si no enfocamos el problema desde un punto de vista de búsqueda honesta de una solución viable, el problema no tiene solución. Y, por mucha razón que podamos tener, nos quedaremos con la razón y sin equipo. Ahora bien, el que quiera seguir escondiéndose en ello, que asuma las consecuencias después.

3. Diseñar un plan de actuación. Sinceramente, creo que establecer una hoja de ruta, si de verdad se consigue la movilización social necesaria que respalde esta opción, no debería ser lo más complicado. Aunque no hay que olvidar que dificultad habrá, y mucha, para que se pueda llevar adelante un proceso más de sentido común que de ingeniería empresarial pura y dura. Cronológicamente, y como ya se ha adelantado, entiendo que habría que:

a. Pactar con el actual Consejo un traspaso de poderes hacia un Comité Gestor que tenga el pleno respaldo de la masa social del club. La colaboración del Consejo es obligatoria. Sin ella, no hay viabilidad alguna.

b. Nombrar a este Comité Gestor que, en primer lugar, mantenga, al menos, al enfermo con respiración asistida hasta que le pueda operar. Y, posteriormente, diseñe la operación necesaria para recapitalizar al club y la gestione hasta culminarla.

c. Establecer un proceso de ampliación de capital que, por un lado, determine el valor actual de las participaciones de la SAD, adaptándolas a su valor real, teniendo en cuenta la deuda; y, por otro, determine el capital social mínimo que habrá de cubrirse para garantizar la viabilidad del club. De forma que la composición accionarial actual, ya que está claro que no va a ser la solución, no sea tampoco un obstáculo a que se alcance una fórmula de viabilidad.

d. Presentar eficazmente ese plan a la masa social con el fin de lograr el apoyo social imprescindible para llevarlo a cabo. Explicar que la SAD dejará de ser una propiedad en manos difusas (para ello, la configuración actual de la Fundación debe ser anulada; es un órgano perfectamente válido como Senado del club, pero nunca debió ser utilizado para pantalla ni como escondite de acciones para manejar a distancia la SAD). Y que pasará a ser algo de verdad propiedad de todos. Y diseñar un sistema de aportaciones económicas para la suscripción de participaciones que, en los términos que ha expuesto Francisco Borja, o en los que se compruebe que son los más favorables, con la colaboración de entidades financieras. Y sin descartar la posibilidad de que las aportaciones permitan futuros beneficios en la adquisición del abono (rebajas proporcionales a lo abonado anualmente, anulación de jornadas económicas…), como forma de hacerlo más digerible.

e. Convertir a la SAD en una sociedad, de facto, sin ánimo de lucro, cuyos hipotéticos beneficios siempre reviertan en la propia Sociedad. Crear un sistema de funcionamiento abierto, público, con limitación temporal de representaciones electivas; pero con una estructura interna laboral fija y con atribuciones, responsabilidades y retribuciones claras.

f. En resumen, convertir la futura SAD en una figura completamente distinta a la que es ahora. En la que cualquier aficionado se pueda ver reflejado, en la que pueda confiar, y en la que entienda cómo funciona su gestión.

Obviamente, estas líneas no son más que el fruto de una reflexión más o menos apresurada, que sólo intenta constituir un acercamiento a un problema complejo, que me afecta personalmente como creo que afecta a cualquier aficionado blanquiverde que así se sienta de verdad. Que no quiere que cualquier posibilidad de salvación, por pequeña que sea, por difícil que parezca, caiga en saco roto y no sea, por lo menos explorada e intentada. Se pretende ser un punto de partida, abierto a todas las aportaciones, sugerencias, críticas o comentarios que vayan encaminados a aportar. Todos serán bienvenidos.

miércoles, 16 de julio de 2014

CRONICA DE UN DESVARIO. AVENTURAS Y DESVENTURAS DE UN TRIATLETA GLOBERO.

(IV) EL ENTRENAMIENTO

En buena lógica, esta entrada debería haber ido situada en tercer lugar, antes de la crónica de la carrera. Pero la semana previa se me echó el tiempo encima y no me dio tiempo a escribirla en condiciones. Así que vaya ahora como cierre de estas cuatro entradas dedicadas a la experiencia del Ironman, en lugar de ir como previa a la carrera. Sirva tanto como resumen y recordatorio destinado a mí mismo –para que no se me olvide nunca- como una muestra a la que pueda acceder cualquiera que pueda estar pensando en preparar algo semejante. Espero que le sea de  utilidad aunque, ojo, esto es lo que he necesitado yo, probablemente habrá quien haya entrenado más y, supongo, también habrá quien haya entrenado menos. Pero, con lo que ahora resumo, yo tenido suficiente para acabar la prueba razonablemente entero.

Para preparar la carrera, y desde que el 29 de julio de 2013 –justo 11 meses antes del Ironman-  me lancé por primera vez a la piscina –literal y metafóricamente-, he entrenado más o menos una media de seis días a la semana, con 8-9 sesiones de entrenamiento a la semana. Es decir, doblando siempre algún día de la semana. Ha habido semanas que no he descansado ningún día, y otras que he descansado dos –enfermedades o lesiones aparte, que tampoco he tenido casi-.

Los entrenamientos no han tenido una duración homogénea ya que, desde los 30 minutos de las sesiones de gimnasio hasta las 11 horas de la tirada más larga, ha habido de todo. Pero sí se podría establecer que, más o menos, la duración estándar de cada uno era de una hora.

Los primeros cinco meses seguí un plan más o menos genérico, destinado en la bicicleta a poco más que acostumbrar mi cuerpo a la postura y el nuevo tipo de esfuerzo, así como a ir cogiendo algo de técnica en la natación. A partir de ahí, sí que seguí un plan más específico, que me preparó Quique, y que he cumplido, si no a rajatabla –esto es bastante complicado-, sí en un porcentaje cercano al 90%. Seguro que podría haber entrenado más, o mejor. Pero, echando la vista atrás, compruebo que he entrenado mucho.

En números gruesos, he entrenado 273 días, 321 sesiones, cerca de 425 horas en total. De ellas, 110 han sido nadando, 209 en la bici, y 104 para la carrera. En distancia, han sido 180 km de natación –más o menos, como si nadara desde el cabo de Santa Pola hasta Ibiza-. 4615 km de bici –la distancia por carretera entre Nueva York y Los Angeles, aproximadamente- Y 1052 km de carrera –casi, casi, como si hubiera ido de Elche a Niza corriendo-.

Recuerdo muchos momentos buenos, y también otros tantos malos. Entre los recuerdos más fuertes que tengo, cronológicamente, me aparece el del primer día que cogí la bici, el 14 de agosto del año pasado. Fui por la Vía Parque y conseguí llegar a subida que hay en la rotonda después de IFA a malas penas. La vuelta se me hizo dura. Apenas recorrí 25 kilómetros.


Las primeras salidas al mar son recuerdos muy agradables, he descubierto con el entrenamiento que me gusta nadar en el mar –tanto como me desagrada nadar en la piscina-. Si el agua está limpia, es impresionante la sensación. También recuerdo la primera tirada larga de bici que hice, a Abanilla volviendo por los Hondones, 120 kilómetros en los que acabé con buenas sensaciones.

También una salida a Pinoso, el primer fin de semana de noviembre, que creo que fue el día más frio de toda la temporada. Cuando llegamos allí un termómetro marcaba 3 grados. El bocadillo de magra con tomate y tortilla de patatas todavía lo recuerdo.

Las primeras transiciones que hice me fueron razonablemente bien. Una, aprovechando el 10K del Gran Alacant, donde corrí a gusto. Otra, en la media de Elche, en la que corrí creo que con las mejores sensaciones de todo el año, haciendo 1:45.

En la parte dura he tenido varios momentos en los que he tenido muchas dudas. El peor de todos fue cuando hice el Arenales 113. No me encontré bien en ningún momento de la carrera, y las sensaciones cuando me bajé de la bici fueron horribles. Me llegué a plantear retrasar un año el Ironman, estaba realmente bajo de moral después de aquel día.

Una semana antes también pasé un mal momento el día que hicimos la salida más larga y dura del año en bicicleta, subiendo Tudóns y acumulando 4000 metros de desnivel. Tardé once horas –contando dos paradas a comer algo- y llegué realmente muy cansado.


Después, también fue difícil el día de la primera transición larga sufrí, cuando tuve que hacer la carrera a pie. Me quedé vacío cuando llevaba 16 kilómetros de carrera, tras haber hecho 120 de bici. Llegué tan cansado a casa que estuve un par de horas tumbado, prácticamente sin poder moverme.

Ahora me doy cuenta de que esas malas experiencias, especialmente el Arenales 113, me han ayudado mucho a centrarme en la carrera, a ponerme los pies en el suelo, y me han enseñado a dosificar esfuerzos y a recordar que siempre, siempre, queda lo más duro al final.

Incluso de las averías he aprendido. Ya que he aprendido a cambiar cámaras pinchadas en un momento. Y, sobre todo, la rotura del radio que tuve el día que subíamos el Canalí me ayudó muchísimo a que, cuando en el Ironman me pasó lo mismo, supiera qué tenía que hacer, cómo solucionarlo y poder seguir en carrera. Quién me iba a decir aquel día que romper un radio era lo mejor que me podía pasar.


En resumen, esto ha sido todo. El camino ha sido largo y duro aunque, si os soy sincero, no más de lo que imaginaba. Y, aunque a ratos sí lo he pasado verdaderamente mal, lo cierto es que no me arrepiento lo más mínimo de todo lo que he pasado. La recompensa, sin duda, mereció mucho la  pena.